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Multimillonarios les están diciendo a otros multimillonarios que se callen y paguen sus impuestos

Por Nathaniel Meyersohn, CNN

Recientemente se le preguntó a Jensen Huang, CEO de Nvidia —cuya fortuna neta se estima en aproximadamente US$ 200.000 millones—, sobre la propuesta de impuesto a la riqueza de California que ha irritado a algunos multimillonarios.

“Está bien”, dijo. “Ni una sola vez he pensado en ello”.

Muchos multimillonarios se sienten frustrados por los intentos de los estados y ciudades de tendencia demócrata de aumentar los impuestos a los superricos. Los titanes de Silicon Valley, Sergey Brin y Peter Thiel, están gastando millones para combatir la propuesta de California.

El financiero Ken Griffin calificó de “vergonzosa” la actuación del concejal Zohran Mamdani, quien utilizó el ático de Griffin en Manhattan como telón de fondo para su video en el que proponía un impuesto a las segundas residencias (“pied-à-terre”). Steven Roth, CEO del gigante inmobiliario Vornado, comparó los llamados a gravar a los ricos con un insulto racial.

Pero Huang representa a un segmento de los superricos que les están diciendo a sus colegas multimillonarios que lo superen. Pagar impuestos es una “forma de retribuir a la sociedad”, afirmó. Bromeó diciendo que ese dinero debería destinarse a reparar un bache específico en la Ruta 101.

Tom Steyer también ha cimentado su campaña para la gobernación de California en el aumento de impuestos para personas como él: “Soy el multimillonario que quiere gravar a otros multimillonarios”.

Los multimillonarios no constituyen un bloque monolítico, y su división revela fracturas tanto políticas como generacionales. También refleja diferencias en sus visiones sobre el papel del Gobierno.

Algunos multimillonarios de mayor edad, como Warren Buffett y Bill Gates, han apoyado desde hace mucho tiempo los impuestos a los superricos como una responsabilidad cívica. Muchos emprendedores tecnológicos más jóvenes, de tendencia libertaria, dudan de la capacidad del Gobierno para resolver problemas y creen que ellos pueden asignar su dinero de manera más eficaz.

Muchas personas adineradas se han sentido atacadas personalmente por las acciones del Gobierno a lo largo de la historia de Estados Unidos, pero este momento se percibe diferente, señaló Kimberly Phillips-Fein, historiadora del capitalismo y de la ciudad de Nueva York en la Universidad de Columbia.

“Griffin, Roth y otros perciben el impuesto como un símbolo de antagonismo político hacia los ricos”, dijo. Quieren que sus contribuciones sean reconocidas y respetadas; para ellos, gravar a los ricos “se siente como un insulto personal insoportable” que pone en tela de juicio su “virtud moral”.

Sin embargo, los impuestos a la riqueza o los impuestos sobre las segundas residencias de lujo no reestructurarían fundamentalmente el código fiscal estadounidense en sus niveles más altos. En realidad, el sistema fiscal apunta a los trabajadores con los salarios más altos, personas que a menudo son distintas de aquellas que poseen la mayor riqueza.

Las personas más acaudaladas de Estados Unidos pagan menos impuestos que el resto de la población: la riqueza de los 25 multimillonarios más importantes aumentó en US$ 401.000 millones entre 2014 y 2018, pero pagaron una tasa federal de impuesto sobre la renta de apenas el 3,4 %, según reveló ProPublica.

Estados de tendencia progresista —como Washington, Massachusetts y, ahora, California— están intentando aumentar los impuestos a los ultrarricos con el fin de reducir la desigualdad de ingresos, así como la concentración de poder económico y político en la cúspide de la sociedad.

Sin embargo, resulta arriesgado para los estados individuales reformar drásticamente sus sistemas fiscales, dado que las personas pueden optar por marcharse o establecer sus negocios en estados con cargas impositivas más bajas. Asimismo, los impuestos sobre el patrimonio han demostrado ser notoriamente difíciles de administrar: activos como las obras de arte, los bienes inmuebles y las sociedades comerciales deliberadamente complejas resultan difíciles de valorar. Además, las personas adineradas han ideado diversas estrategias para eludir el pago de impuestos.

“Vivimos en un mundo que impone una carga excesiva a quienes perciben ingresos, a las personas asalariadas que pagan una gran cantidad de impuestos. A los más ricos, en cambio, se les permite ir por la vida sin pagar su parte”, afirmó Ray Madoff, profesora de la Facultad de Derecho del Boston College y autora del libro “The Second Estate: How the Tax Code Made an American Aristocracy” (“El segundo estado: cómo el código fiscal creó una aristocracia estadounidense”).

Quienes se oponen a gravar a los ricos suelen señalar que el 1 % de las personas con mayores ingresos aporta el 40 % de la recaudación total del impuesto sobre la renta. Según estos críticos, si las ciudades y los estados continúan elevando los impuestos a los más acaudalados, acabarán matando a las “gallinas de los huevos de oro” que financian los servicios públicos.

Este argumento no es más que un juego de manos, sostiene Madoff. Pasa por alto el hecho de que la mayor parte de la riqueza de los multimillonarios no proviene de ingresos imponibles. Muchos CEO multimillonarios —como Mark Zuckerberg o Elon Musk— perciben un salario simbólico de US$ 1, o incluso renuncian a recibir salario alguno. De hecho, solo la mitad de las familias que se sitúan en el 1% más alto de la distribución de la riqueza coinciden con aquellas que ocupan el 1 % más alto en la distribución de los ingresos.

La riqueza de los principales multimillonarios suele derivarse del aumento en el valor de sus participaciones accionariales, las cuales están sujetas a una carga impositiva inferior a la que grava los ingresos ordinarios. No obstante, estas personas encuentran la manera de eludir incluso esos impuestos, ya de por sí más bajos, que gravan las ganancias de capital: para evitar tributar por dichas plusvalías, optan por conservar sus acciones en lugar de venderlas, o bien compensan las ganancias obtenidas vendiendo simultáneamente otras inversiones que hayan sufrido pérdidas.

“El pago de impuestos sobre las ganancias de capital se ha convertido en algo opcional dentro de nuestro sistema actual”, concluyó Madoff. Muchos multimillonarios también recibieron herencias, las cuales están asimismo exentas del impuesto sobre la renta bajo el supuesto de que quedarán cubiertas por el sistema de impuestos sobre sucesiones. Sin embargo, la recaudación federal por impuestos sobre sucesiones apenas ha variado en las últimas décadas debido a las lagunas legales.

Ante la ausencia de una reforma federal, los estados están intentando recaudar más fondos de los más ricos. Sin embargo, los nuevos impuestos sobre el patrimonio podrían resultar contraproducentes.

En 1990, 12 países contaban con impuestos sobre el patrimonio; para 2024, solo tres de ellos los mantenían. Algunos países, como Suecia, los derogaron para ganar competitividad financiera, mientras que otros, como Francia, descubrieron que los superricos estaban trasladando sus activos a otros países.

“Los estados se enfrentan a un problema, ya que compiten entre sí”, señaló Madoff. “Gravar a los ricos resulta mucho más eficaz cuando se lleva a cabo a nivel federal”.

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