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Comer, rezar, amar… ¡e irse! Cómo Elizabeth Gilbert y sus lectoras conquistaron el mundo

Por Lilit Marcus, CNN

Fue cuando llegó a San Diego, de todos los lugares, que Elizabeth Gilbert se dio cuenta de que todo había cambiado. Había salido de casa como la autora de unas memorias razonablemente exitosas, publicadas un año antes, tituladas “Eat, Pray, Love”, una fusión en primera persona de crónica de viajes, confesión y manual de autoayuda, que seguía sus recorridos tras su divorcio por Italia, India e Indonesia. De gira para promocionar el lanzamiento en formato de bolsillo del libro, recuerda Gilbert, hablaba ante audiencias de “10, 15, 20 personas”.

Ahora, camino a otra presentación, vio “una fila de gente que daba tres vueltas a la manzana”. Gilbert estaba confundida: “Le dije al conductor: ‘¿Qué está pasando esta noche en San Diego? ¿Hay algún concierto o espectáculo?’ Y él dijo: ‘No, están aquí para verte a ti’”.

De pronto, “Eat, Pray, Love”, que se publicó hace 20 años esta semana, dejó de ser el proyecto personal idiosincrático de Gilbert —“recuerdo haber pensado: nadie va a querer leer esto, pero tengo que hacerlo de todos modos”— para convertirse en un fenómeno global. El libro cobró vida más allá de sus páginas, en los hoteles, cafés, spas y playas donde legiones de lectores emprendieron la búsqueda de sus propios viajes transformadores.

En 2019, Gloria Caseiro, nacida en Portugal y residente en Nueva Jersey, era madre de dos hijos ya adultos y se había divorciado después de que ellos se mudaran. Sola y recién jubilada, dice que encontró la respuesta sobre qué hacer en un ejemplar de bolsillo de “Eat, Pray, Love”: “Decidí: ‘¿Sabes qué? Ahora voy a ir a todos los lugares a los que nunca he ido’”. A los 51 años, emprendió su primer viaje en solitario, a Italia.

Ese tipo de experiencia —no los millones de ejemplares vendidos ni los US$ 200 millones recaudados en taquilla por la adaptación cinematográfica de 2010, protagonizada por Julia Roberts como Gilbert y Javier Bardem como el nuevo amor que encontró en sus viajes— fue lo que convirtió a “Eat, Pray, Love” en una sensación duradera. Gilbert dice que sus amigos la describen como un “permiso humano” —alguien que, en esencia, le dijo a toda una generación de mujeres que estaba bien viajar simplemente por viajar.

“Hay una vieja canción de blues que dice: cuando un hombre tiene tristeza, se sube a un tren y se va; cuando una mujer tiene tristeza, agacha la cabeza y llora”, dice Gilbert. “Y mucho de eso tiene que ver con que las mujeres no podían simplemente subirse a un tren”.

Para cuando el libro apareció en 2006, el mundo había comenzado a felicitarse a sí mismo por lo “fácil” que se había vuelto para una mujer viajar sola por placer, una afirmación que dice más sobre las restricciones que existían antes que sobre un gran avance. Solo recientemente muchos países habían dejado de tratar a las mujeres que viajaban solas como un problema que debía gestionarse: ya no se les negaban habitaciones de hotel por viajar sin un hombre ni se les rechazaban tarjetas de crédito.

La globalización y la creciente democratización de los viajes facilitaron llegar a destinos lejanos, y los dispositivos móviles cada vez más inteligentes, con tarjetas SIM y Google Translate, hicieron más fácil moverse una vez allí.

Una palabra se repetía entre las mujeres que hablaban de sus viajes en esos años. No era solo que fuera más socialmente aceptable que una mujer viajara sola, decían. Era más seguro. Una viajera podía orientarse sola en un barrio nuevo solo con su teléfono, sin tener que sacar un mapa de papel que delatara su desconocimiento ante quienes la rodeaban. Era posible enviar un mensaje de texto a alguien en casa apenas aterrizaba el avión, en lugar de esperar a llegar a algún lugar con un teléfono satelital.

“Freud pasó mucho tiempo preguntándose: ‘¿qué quieren las mujeres?’”, dice Gilbert. “Y es como que, al parecer, quieren un año para viajar solas por el mundo, comer mucha pizza, enamorarse de un brasileño apuesto, tener aventuras”.

Muchas de las mujeres inspiradas por “Eat, Pray, Love” pensaban que sus oportunidades de viajar ya habían pasado. Las carreras y las familias ocupaban su tiempo y energía; las vacaciones eran para recorrer universidades con los hijos o visitar parientes. Cuando viajar solas finalmente se volvió una opción, no estaban interesadas en dormir en habitaciones compartidas de un hostal, pero se preguntaban cómo harían amigas o encontrarían conexión de otra forma.

“Al principio, era un poco extraño viajar sola”, dice Caseiro. Al comienzo se sentía cohibida al comer sola en un restaurante y se preguntaba si la gente sentiría vergüenza por ella. “Pero en realidad ha sido algo gozoso, liberador y emancipador”, afirma.

Elizabeth Lahiff era una estadounidense recién graduada de la universidad que trabajaba en México a comienzos de los años 2000 cuando alguien le dijo: “Estás haciendo eso de ‘Eat, Pray, Love’, ¿no?”.

Intrigada, Lahiff consiguió un ejemplar del libro.

“Cuando lo leí, todo simplemente resonó conmigo. Y pensé: sí, estoy haciendo algo grande. Así que, para mí, el libro fue realmente reconfortante”.

La historia de Lahiff, como la de Gilbert, comenzó con la protagonista como una joven profesional en Manhattan. Aunque estaba llena de sueños sobre mudarse a la gran ciudad y tener éxito, la monotonía de su trabajo de nivel inicial en una firma de consultoría la hicieron preguntarse si había tomado la decisión correcta.

Terminó renunciando a su empleo y mudándose a las Islas Marshall, un lugar del que nunca había oído hablar, para un trabajo temporal por contrato.

Dos décadas después, Lahiff vive en Dushanbe, Tayikistán, y trabaja en desarrollo internacional. Literal y figuradamente, es un mundo de distancia respecto a donde creció, en un pequeño pueblo del norte del estado de Nueva York.

“Viajar sola te da muchísimo en términos de lo que sientes que puedes lograr”, dice. “También, creo, es lo más cercano a la libertad que alguien puede sentir, porque no hay expectativas sobre ti”.

Antes, durante o después de sus viajes, el libro siguió resonando entre sus lectoras. Caseiro aún conserva su ejemplar original, ahora convertido en una especie de álbum de recuerdos: ha guardado flores secas y boletos de tren entre sus páginas y ha escrito notas en los márgenes. El libro comenzó como la biblia de viajes de Caseiro y ahora es un recuerdo.

Tantas personas le escribieron a Gilbert sobre sus viajes impulsados por “Eat, Pray, Love” que su editorial los recopiló en un libro: “Eat, Pray, Love Made Me Do It: Life Journeys Inspired by the Bestselling Memoir”.

A estas alturas, la idea de “Eat, Pray, Love” ha trascendido por completo las memorias originales. Gilbert dice que recientemente alguien le contó que viajaba sola por Asia y conoció a otra mujer, en Tailandia, que también viajaba por su cuenta. “Y le dijo a la mujer: ‘¿Qué haces aquí en Tailandia?’”, cuenta Gilbert. “Y la mujer respondió: ‘Bueno, estoy haciendo mi ‘Eat, Pray, Love’. Estoy en mi año de ‘Eat, Pray, Love’. Y la persona que me contaba la historia le dijo: ‘Ah, ¿como en el libro?’”.

“Y ella dijo: ‘¿Qué libro?’”.

El libro también, inevitablemente, sirvió como plantilla de marketing, ya que surgió una nueva ola de negocios para satisfacer las necesidades de estas nuevas viajeras. Resorts de bienestar de alta gama promocionaban la idea de que una huésped podía llegar y experimentar meditación y sanación espiritual sin tener que dormir en el suelo, abstenerse de alcohol o hacer votos de silencio.

“Eat, Pray, Love” se convirtió en una frase gancho que dueños de spas y hoteles podían usar para atraer a un nuevo tipo de clienta. No, un resort en Bali no podía prometer que te enamorarías de Javier Bardem mientras estuvieras allí, pero sí podía vender un feed de Instagram lleno de bowls saludables de granos y mujeres delgadas haciendo yoga en campos de arroz.

Para Sasha Astiadi, que es indonesia y pasó parte de su juventud en Bali, “Eat, Pray, Love” estaba en todas partes, aunque ella todavía no ha leído el libro ni visto la película.

Dice que era imposible no presenciar la transformación que “Eat, Pray, Love” desató en la isla, a medida que decenas de miles de turistas llegaban, gastando hasta cifras de cinco dígitos en retiros de meditación que la gente local como ella no podía pagar. Muchas personas locales se hacían pasar por sanadores, afirma, para sacar provecho de las oleadas de mujeres que llegaban buscando su propia experiencia al estilo Gilbert.

Bali, dijo, “no es como en las películas. Hay tráfico constante. Hay un idioma que no entiendes. Hay mosquitos. Hay muchísima burocracia”.

Astiadi sintió el impulso de viajar cuando ganó una beca para estudiar en Estados Unidos siendo adolescente. Tras su paso por un pequeño pueblo de Texas, se dio cuenta rápidamente de que la educación sería su camino para salir de la pobreza y de Indonesia. Sus estudios académicos la han llevado de China a Hungría y a los Emiratos Árabes Unidos. Ahora es desarrolladora web y vive en Berlín.

Por mucho que haya viajado, su movimiento por el mundo no ha sido la experiencia sin fricciones que han vivido los fans mayoritariamente blancos y occidentales del trabajo de Gilbert. Habla seis idiomas, pero dice que es detenida por perfilamiento racial cuando viaja, mientras que turistas blancos que solo hablan inglés pasan por migración sin problemas.

El pasaporte de Estados Unidos es uno de los más poderosos del mundo, con titulares que pueden acceder a 179 países y territorios sin visa o con visa a la llegada. Indonesia, en cambio, ocupa el puesto 64 en el ranking anual.

Además, Astiadi dice que a menudo es perfilada cuando viaja debido al color de su piel.

“Mientras tanto”, añade, “los turistas que llegan a Bali solo tienen que bajarse del avión y todo está resuelto”.

Astiadi dice que tiene que mantener cortas sus visitas de regreso a Indonesia, porque si pasa demasiado tiempo fuera de Europa corre el riesgo de que le cancelen la visa. De niña, amaba a Paddington Bear, y todavía sueña con visitar Londres para conocer la estatua de Paddington y comprar su propio oso de peluche. Pero como solo es residente en Alemania, y no ciudadana ni titular de pasaporte, los obstáculos son mucho mayores.

“Creo que mi sanación espiritual viene sobre todo de superar obstáculos y dificultades”, dice.

Las memorias de Gilbert ofrecían a los lectores un final feliz perfecto, al emparejarla con el apuesto empresario brasileño del que se enamoró en el camino. Ambos se casaron y se establecieron en Estados Unidos, pero la vida real de Gilbert fue menos sencilla. Una docena de años después, Gilbert dejó a su esposo por su mejor amiga, Rayya, quien murió de cáncer poco tiempo después, una experiencia que dio lugar a otras memorias, más divisivas.

“Siempre le recuerdo a la gente que escribí ‘Eat, Pray, Love’ cuando tenía 34 años. Y esa es una edad bastante joven como para tener toda tu vida resuelta”, dice. Mientras la historia de Julia-Roberts-como-Liz-Gilbert tuvo un final, la de Liz-Gilbert-como-Liz-Gilbert sigue avanzando, de forma honesta e imperfecta.

Aun así, la versión original de Gilbert sigue guiando o inspirando a mujeres que han querido ver más del mundo y hacer más con sus vidas.

“Creo que la historia de Elizabeth Gilbert es muy parecida a la mía”, dice Merridith Ng.

Ng, originaria de Maryland, ahora vive en Nueva Zelandia. Pero su viaje para conocer el mundo comenzó, como el libro de Gilbert, en Italia. “Una vez que te das cuenta de que hay lugares fuera de Estados Unidos que también son increíbles, algo cambia un poco dentro de ti”, dice Ng.

Ng exploró su lado espiritual asistiendo a servicios en una iglesia en Nueva Zelandia, donde conoció al hombre que más tarde se convertiría en su esposo —una combinación bastante ordenada de Pray y Love—. Ahora tienen tres hijas, la mayor de las cuales —en homenaje al país que despertó su deseo de explorar el mundo— se llama Siena.

“Nunca olvidaré la cara de mi mamá cuando le dije que quería comprometerme con alguien al otro lado del mundo”, dice Ng. “Se quedó completamente pálida. Y dijo: ‘¿Y qué pasará cuando tengas bebés?’. Creo que fue muy valiente en ese momento al permitirme perseguir mi sueño e irme al otro lado del mundo”.

Cuando Ng se mudó al extranjero por primera vez, dependía de postales y de alguna que otra llamada internacional costosa para mantenerse en contacto con su familia. Hoy, en cambio, pueden usar FaceTime y WhatsApp. Y aunque ahora pasa mucho menos tiempo viajando por placer, su trabajo como coordinadora de estudiantes que llegan del extranjero a estudiar en Nueva Zelandia hace que recurra todos los días a sus recuerdos de viaje —y de sentirse asustada, sola y lejos de casa—.

Ng dice que cuando sus hijas sean mayores espera mostrarles la película “Eat Pray Love” como una puerta de entrada a su propia historia: como punto de partida para hablar de cómo una chica de los suburbios de Washington conoció a un hombre del otro lado del mundo y terminó formando una familia.

Gilbert dice que al principio le preocupaba que sus lectoras intentaran seguir su ejemplo demasiado de cerca, haciendo una “recreación ritualizada del libro”, en la que estaban “tratando de quedarse en el mismo barrio de Roma, tratando de comer la misma pizza que yo comí en Nápoles, tratando de encontrar el ashram donde estuve en India, probando a los sanadores a los que fui en Bali”. Intentó, dijo, animar a la gente a no hacer exactamente lo mismo que ella había hecho.

“Pero me di cuenta en algún momento del camino”, dijo, “de que puedes recrear fielmente, paso a paso, todo mi viaje, y aun así vas a tener tu propio viaje”. La experiencia personal de cada quien con la pizza, o con la sanación, o con el despertar espiritual, dijo Gilbert, iba a ser completamente distinta.

“Así que en ese punto pensé: hagan lo que quieran con eso”, dijo Gilbert. “Incluso si intentan ser yo, van a terminar siendo ustedes mismos”.

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