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Del aliento a la agresión: la historia y la problemática de los cánticos de la afición de México en los estadios

Por Marisol Jimenez, CNN en Español

En los estadios de fútbol en México algo está cambiando. Durante décadas, los cánticos han sido una de las expresiones más potentes de identidad colectiva. Hoy, entre gritos que reproducen discriminación y nuevas voces que intentan transformarlos, el canto en la tribuna se ha vuelto un campo de disputa cultural.

La tensión es evidente. Mientras el grito homófobo en partidos de la selección mexicana persiste —y ha derivado en sanciones y advertencias internacionales—, aficionadas mujeres y nuevas generaciones buscan resignificar qué significa alentar: sin insultos, con mensajes de inclusión y, a veces, con contenido político.

Cuando el estadio empieza a cantar, todo se modifica. No hay balón en juego, pero el partido ya se siente. Una voz se alza. Otras la siguen. En segundos, miles repiten lo mismo. La melodía es conocida. La letra ya no. Eso es un cántico de fútbol. En muchos sentidos, el corazón de la experiencia en las tribunas.

Ir al estadio no es solo ver un partido. Es pertenecer: a un equipo, a una ciudad, a una forma de vivir el fútbol. El canto lo hace visible. Define a los grupos, refuerza vínculos y traza fronteras con el rival. A diferencia de camisetas o banderas, exige coordinación y presencia. No existe en solitario.

El escritor Juan Villoro lo resume en su libro “Balón dividido”: “Los grandes momentos reclaman palabras”. Para él, el fútbol es también “un estupendo pretexto para el alarido”. Una experiencia corporal. Sin cantos, el estadio no solo pierde sonido. Pierde sentido.

Muchos cánticos nacen de melodías conocidas. Se toma una canción, se altera la letra y se repite hasta apropiársela. El sociólogo argentino Javier Bundio los llama “contrahechuras”, piezas recicladas que adquieren un nuevo significado.

Para que funcionen, explica, deben ser simples y reconocibles. Esa familiaridad permite que cualquiera pueda sumarse. Por eso, muchos provienen de la cultura popular y forman parte de una memoria colectiva compartida.

Pero no es solo una cuestión musical. Importa lo que se dice. Los cantos suelen moverse en tres ejes: celebrar la pertenencia, alentar al propio equipo o burlarse del rival. En ese proceso, la canción deja de ser individual y se vuelve colectiva: ya no tiene autor, pertenece a la hinchada.

Es, además, un fenómeno global. Hay registros en Argentina desde los años 40, pero hoy una melodía puede surgir en un estadio y aparecer después en otro país, incluso en otro continente. Los cánticos migran: pasan a la política, regresan al fútbol, cambian de forma.

Aun así, siguen una regla básica: deben reconocerse en la cultura local. En Argentina mezclan balada, cumbia o rock; en Brasil incorporan samba y batucadas que convierten la grada en una celebración constante; en Colombia integran cumbia o vallenato con tambores; en México suelen apoyarse en referencias como “Cielito Lindo”. La lógica es siempre la misma: tomar lo conocido y decir otra cosa.

El problema es que ese mismo lenguaje también puede reproducir violencia. En México, uno de los cánticos más sancionados y persistentes es el grito homófobo que se ha vuelto una (triste) marca de la afición. Su persistencia muestra hasta qué punto ciertos discursos se normalizan en el espacio deportivo.

Y no es solo simbólico. También tiene consecuencias concretas. En la final de la Liga de Naciones de la Concacaf en 2024, el partido entre México y Estados Unidos se detuvo dos veces por ese grito bajo el protocolo antidiscriminación. El riesgo de sanciones más severas, incluidos partidos suspendidos o a puerta cerrada, sigue latente.

“Todos los cánticos tienen un componente de agresividad y dominio”, explica la especialista en género y deporte Claudia Pedraza. “Esto se traduce en dominio sexual. El espacio deportivo está masculinizado: ganar significa ser hombre; perder, lo contrario”, agrega.

Para Pedraza, el problema no es solo lo que se dice, sino lo que se tolera. “El canto funciona como un espacio donde ciertas violencias se vuelven aceptables porque están colectivizadas. No se perciben como agresión individual, sino como parte del espectáculo”, advierte.

No es un fenómeno exclusivo de México. En Argentina, hinchas de Rosario Central ingresaron al estadio con muñecas inflables vestidas con la camiseta de Newell’s Old Boys para simular abuso sexual como burla. Hubo críticas. También defensas. La misma idea: “así es la tribuna”.

“Ese argumento revela un problema estructural”, señala la lingüista y especialista en fútbol femenil Paulina Chavira. “El fútbol sigue siendo un espacio profundamente masculinizado, donde todo lo que no encaja en ese modelo —mujeres, personas LGBT+— queda fuera”.

De cara al Mundial de 2026, que se celebrará en México, Estados Unidos y Canadá, la postura de la FIFA ha sido clara: los cánticos discriminatorios no son tradición, son infracción. El protocolo contempla advertencias, suspensión de partidos y sanciones económicas o deportivas. En ese contexto, cualquier reincidencia podría tener implicaciones directas durante el torneo.

Pero la norma choca con la práctica. En la reinauguración del Estadio Banorte, el grito volvió a escucharse pese a la presencia del presidente de la FIFA, Gianni Infantino. La escena resume el problema: una práctica arraigada que resiste incluso bajo vigilancia internacional.

Para entender por qué estas prácticas persisten, hay que mirar más allá del estadio. Bundio propone hacerlo desde lo social: los cánticos no inventan discursos, los amplifican.

“El canto retoma sentidos que ya circulan en la sociedad y los pone en escena de forma exagerada, a veces grotesca”, explica. Ahí aparecen valores como la lealtad o la valentía, pero también el racismo, la homofobia o el machismo.

La línea entre rivalidad y violencia es delgada. En la lógica de las hinchadas, la transgresión forma parte del ingenio: se busca decir algo que impacte más que el otro. Muchas veces, ese límite se cruza sin que se perciba como violencia.

“Muchos aficionados no ven estos cantos como agresión, sino como una broma sin consecuencias”, dice Bundio. “Pero las palabras sí tienen efectos. Lo que pasa en la tribuna no se queda ahí: puede legitimar otras formas de violencia”.

Aun así, no es un fenómeno inmóvil. “Antes de los años 70, los cánticos eran principalmente burlas deportivas. La violencia simbólica se intensifica después, en paralelo con la radicalización de las hinchadas. Eso quiere decir que también puede transformarse”.

Ese cambio ya empezó a notarse. Antes de la pandemia de covid-19, aficionadas en México comenzaron a intervenir los cánticos: adaptaron letras, crearon otras nuevas y llevaron consignas sociales a las gradas.

“Futbolista, hermana, aquí está tu manada”.

“Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista por América Latina”.

“Jugadora, escucha, esta es tu lucha”.

El estadio funciona como altavoz. Los reclamos son directos: “¿Dónde están los directivos que iban a pagar igual?”. Porque la tribuna también tiene ese poder de dejar de ser solo espectáculo y pasar a ser un espacio político.

Chavira advierte que el cambio no depende únicamente de los aficionados. Evitar nombrar los cánticos problemáticos no basta si no se explica por qué lo son. Sin esa pedagogía, la transformación se queda corta.

Bundio coincide: las nuevas generaciones están atravesadas por debates sobre género, diversidad y discriminación. Y eso empieza a reflejarse en la forma en que se canta.

El cambio también pasa por quienes cantan. Bruno Bitar, aficionado de Pumas, lo resume desde la experiencia. Recuerda su primer viaje a Sudamérica: “Cuando empezó a cantar la barra (los ultras) de San Lorenzo, se me puso la piel chinita. No conocía a nadie, pero todos apoyábamos lo mismo. Ahí entendí que el fútbol puede unir sin insultar”.

Para él, el estadio es acción: cantar, gritar, encontrarse con otros. Pero también cree que esa experiencia puede construirse sin violencia.

“La rivalidad siempre va a existir, pero se puede expresar desde el apoyo, no desde la agresión. Depende de nosotros cómo se canta”.

Algunos grupos ya lo intentan. Adaptan canciones mexicanas y eliminan insultos. Lo que antes era norma empieza a cuestionarse.

Alentar sin agredir no es solo una posibilidad. Ya está ocurriendo.

La pregunta no es si el estadio va a seguir cantando, sino qué decide cantar.

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