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Dejó su vida en Nueva York tras el 11S para empezar de nuevo en Argentina

Por Tamara Hardingham-Gill, CNN

Cuando David English despertó la mañana del 11 de septiembre de 2001, estaba convencido de que su vida estaba a punto de cambiar.

El emprendedor, que trabajaba cerca de la zona del Bajo Manhattan conocida hoy como “Zona Cero” (Ground Zero), tenía previsto firmar ese día un “contrato decisivo para su carrera” con un importante banco; algo que, según él, lo encaminaría hacia el destino que le esperaba.

Pero la vida tenía otros planes. “Aquel día, obviamente, cambió mi vida por completo y me llevó por un camino distinto”, cuenta English a CNN Travel.

No fue solo la magnitud de la tragedia que presenció en primera persona. English recuerda haber visto aviones de combate sobrevolando su apartamento en Nueva York, seguidos de semanas de constantes “falsas alarmas y alertas”, además de respirar el “humo tóxico” que llegaba desde el lugar de los hechos.

Más de un año después de los ataques terroristas, dejó atrás su vida en Estados Unidos y se mudó a Argentina, donde reside desde entonces.

English, quien creció en Nashville, Tennessee, sentía una necesidad desesperada de escapar de lo que él percibía como un “horrible clima de miedo” que se había “instalado en Estados Unidos” tras el 11 de septiembre.

“Argentina fue mi salvavidas: me aferré a ella con todas mis fuerzas, dejé todo atrás y decidí empezar de cero”, afirma.

English se había enamorado de la cultura argentina durante una visita en 1998 y guardaba un grato recuerdo de cómo la gente se saludaba “con un abrazo y un beso” allá donde fuera.

“Creo que, tras sobrevivir a un ataque terrorista, eso era precisamente lo que necesitaba”, comenta, recordando cómo un querido amigo le había insistido en varias ocasiones para que volviera a viajar a Argentina.

English regresó al país ese mismo año y, finalmente, decidió recoger sus cosas en Nueva York y mudarse a Mendoza, una ciudad que consideraba una “joya por descubrir” gracias a sus bodegas, sus montañas, su “clima maravilloso” y su “gente encantadora”. Consiguió cierto apoyo financiero de la Cruz Roja de Estados Unidos y de un fondo de compensación para las víctimas del 11 de septiembre; sumó estos recursos a sus ahorros para costear la mudanza.

Estar rodeado de tal “belleza natural” resultó ser sanador para English, quien encontró consuelo en las estribaciones de los Andes, así como en las plazas y parques de Mendoza, y en “cualquier lugar donde la gente se reuniera para pasar un buen rato y olvidarse de las preocupaciones de la vida”.

Mendoza, situada en el corazón de la región vitivinícola argentina, vivía por aquel entonces un auge de emprendedores. Muchos habían llegado tras la grave recesión económica que sufrió el país en 2001, y English percibió que la ciudad estaba llena de oportunidades.

Sintió que podía “hacerse un nombre” en Mendoza y, posiblemente, convertirse en “un pez grande en un estanque pequeño”, una oportunidad que, a su juicio, estaba fuera de su alcance en su país de origen. English puso en marcha una consultora para ayudar a inversores extranjeros y, más tarde, cofundó una empresa especializada en el diseño de programas de estudios en el extranjero, a medida para universidades estadounidenses.

Aunque logró establecer contactos profesionales con relativa rapidez, English admite que adaptarse de verdad a un país de habla hispana requirió tiempo.

“Creo que cualquiera que diga que el proceso es más rápido, miente”, afirma. “Adaptarse realmente a una cultura extranjera y llegar a formar parte de ella lleva muchos años…”.

“No es fácil. Requiere mucho trabajo y sacrificio —sangre, sudor y lágrimas—, además de una motivación auténtica”.

English subraya que, para “superar todas esas barreras”, quienes se instalan aquí deben “amar de verdad el lugar y a su gente”. Y, quizás lo más importante: “hablar el idioma”.

Afortunadamente, English había estudiado español antes de mudarse y, más tarde, completó un “agotador” programa de MBA impartido íntegramente en ese idioma, que resultó fundamental para su éxito.

En 2010, English y su entonces pareja, de nacionalidad argentina, tuvieron a su hijo, Benjamín. El hecho de que su hijo naciera en Argentina era algo que, una década antes, él jamás habría podido imaginar. A English le entusiasmaba la idea de que su hijo “creciera en una de las últimas fronteras del mundo, entre una gente que da prioridad a las relaciones personales” por encima del dinero.

“En Estados Unidos, el tiempo es dinero”, comenta, señalando lo inusual que resulta allí ver negocios cerrados durante los fines de semana. “En Argentina, el tiempo equivale a relaciones. Eso se refleja en todo aquí, en Mendoza y en gran parte del país”.

A English todavía le sorprende la obsesión estadounidense por “recibir entregas de Amazon los domingos”; un concepto que, según él, “resulta sencillamente inconcebible aquí”.

También es un gran admirador del estilo de vida argentino, caracterizado por su sencillez y ausencia de artificios.

“No es algo perfecto, de postal”, afirma. “Tiene sus asperezas. Nada está impecable ni recién pintado, y a mí eso me parece bien”.

Valora especialmente que Mendoza sea una ciudad pensada para recorrerla a pie; bromea diciendo que “el carnicero, el panadero y el resto de los comerciantes están a menos de dos manzanas” de su casa y que conoce a todos los vendedores de la zona por su nombre.

Sin embargo, admite que aún no ha asimilado del todo la concepción local y relajada del tiempo y señala que, por lo general, es el único que “llega puntual a las fiestas de cumpleaños”.

Tras haber sido testigo de los numerosos cambios que ha experimentado Argentina en el último cuarto de siglo, English observa que, si bien el país ya no es tan asequible como antes, la atención sanitaria, la educación y el transporte público siguen siendo mucho más baratos que en Estados Unidos.

Reconoce que uno de los ajustes más difíciles ha sido desenvolverse en el ámbito de los negocios con personas que no siempre son “sinceras” o que no se muestran “totalmente transparentes respecto a sus intenciones”.

“Algunos argentinos se rigen por códigos distintos a los que tenemos en Estados Unidos”, añade.

En 2019, English regresó a Nueva York por primera vez en casi dos décadas, acompañado por su hijo. Con motivo de este viaje, repleto de una gran carga emocional, produjo un cortometraje titulado “My Father’s Lessons” (Las lecciones de mi padre). La visita confirmó que su decisión de quedarse en el extranjero fue la correcta.

“Llevo una vida con menos estrés, menos miedo y menos ansiedad, en la que puedo hacer lo que quiero bajo mis propias condiciones”, afirma English, quien también es autor del libro de 2013 “Expat Entrepreneurs in Argentina” (Emprendedores extranjeros en Argentina). “Y puedo dejar mi propia huella”.

En un giro sorprendente de los acontecimientos, su hijo —que ahora tiene 16 años— se inscribió en un internado en Nueva York y actualmente vive en esa ciudad.

“Irónicamente, mi hijo no existiría si no fuera por el 11 de septiembre”, comenta. “Y cuando intento pensar en los aspectos positivos que el 11 de septiembre trajo a mi vida, me doy cuenta de que tuve mucha suerte, ya que pude transformar esa tragedia en un triunfo”.

Al reflexionar sobre su decisión de marcharse, English expresa su gratitud por haber tenido la oportunidad de “empezar de cero” en Argentina, convertirse en padre y vivir la “vida de aventuras” con la que siempre había soñado.

“Nada de esto habría ocurrido si no hubiera sucedido el 11 de septiembre”, añade. “Probablemente seguiría en Nueva York, y esa habría sido mi propia tragedia”.

El hermano de English, quien también vivía y trabajaba en Nueva York en 2001, permaneció en la ciudad y hoy es un exitoso director CEO.

“Él siguió el camino del ‘sueño americano’. Yo, en cambio, digo que vivo el ‘sueño argentino’”, comenta, añadiendo que se ha integrado plenamente en la cultura: “como mucha carne, bailo mucho y tomo mucho mate”.

Hace poco, su hijo le envió una foto suya junto al nombre de un amigo fallecido de su padre, grabado en el Monumento y Museo Nacional del 11 de Septiembre, en la “Zona Cero” (Ground Zero). Fue un momento muy emotivo que cerró un ciclo en su vida.

“De una tragedia puede nacer algo nuevo… En su interior puede estar la semilla de algo totalmente distinto, nuevo y positivo”, concluye. “Podemos sobrevivir. Podemos mejorar y podemos seguir adelante, si tenemos suerte”.

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