Trump recurre a la política del miedo ante el deterioro de las perspectivas republicanas
Análisis por Stephen Collinson, CNN
La campaña se está volviendo cada vez más sucia.
Cuanto más sombrías son las perspectivas electorales de los republicanos, más oscura se vuelve la retórica de los principales líderes conservadores, que arremeten contra candidatos demócratas, a los que presentan como excéntricos, peligrosos y ajenos a la identidad estadounidense.
El presidente Donald Trump se burla del nombre del candidato demócrata al Senado por Michigan, Abdul El-Sayed, y lo calumnia llamándolo “yihadista”.
El vicepresidente J. D. Vance hizo el martes una broma que insinuaba que James Talarico es gay. Trump insiste en que el candidato demócrata al Senado es vegano e incompatible con el carnívoro estado de Texas. Ahora, a Talarico se le ve a menudo en fotos con un plato de carne.
El presidente también ha retomado su lenguaje tan abiertamente racista, sugiriendo que los haitianos y los africanos están invadiendo estados clave para las elecciones, como Ohio.
Y después de que funcionarios federales registraran el lunes la casa de la representante de Minnesota, Ilhan Omar, nacida en Somalia, se intensificaron las preocupaciones de que Trump esté utilizando el poder ejecutivo para atacar a una adversaria política al cuestionar si la congresista goza de derechos constitucionales como ciudadana naturalizada “de uno de los peores países del planeta”.
La retórica de Trump no sorprende, dados los excesos lingüísticos de sus campañas presidenciales, pero aun así resulta chocante ver un lenguaje racial tan explícito pronunciado desde detrás de un podio presidencial.
Algunos insultos se profieren con una sonrisa, lo que puede ofrecer a Trump y Vance cierta cobertura política y la oportunidad de argumentar que todo forma parte de la dura realidad de la campaña electoral en una época polarizada.
Pero eso no justifica en absoluto difamar la raza, la religión, la apariencia y los modales de alguien, ni tampoco exime de responsabilidad por una una forma de hacer política intelectualmente pobre.
Durante años, Trump ha sido acusado de prejuicios, especialmente por sus publicaciones incendiarias en redes sociales y las teorías conspirativas falsas y racistas que difundió sobre el lugar de nacimiento del expresidente Barack Obama.
Para atraer a los votantes, el presidente ha insinuado con frecuencia que algunos rivales políticos pertenecientes a minorías son incompatibles con la cultura y los valores tradicionales estadounidenses.
Su retórica antiinmigrante parece estar dirigida, al menos en parte, a su base de votantes más conservadores, a quienes el Partido Republicano necesita movilizar masivamente para evitar un desastre en las elecciones de mitad de mandato.
La explicación más obvia para este giro ominoso en la campaña, más allá de la propensión de Trump a tales artimañas, es que los republicanos No tienen mucho más que ofrecer a los votantes.
Las encuestas muestran que la mayoría de los estadounidenses culpan a las decisiones del presidente de agravar su lucha contra los altos costos de los alimentos, la vivienda, la gasolina y el diésel.
Las prisas de Trump y Vance por hacer campaña en estados tradicionalmente republicanos, donde los republicanos nunca pensaron que tendrían que competir en la recta final de la campaña, habla por sí sola.
Calificar a Talarico de “bicho raro”, como hizo Vance en Texas el martes, parece un intento de desviar la atención del candidato republicano al Senado Ken Paxton, un fiscal general que atraviesa dificultades y plagado de escándalos, y que fue la elección personal de Trump para el puesto.
Es una estrategia política básica que los líderes de partido intenten descalificar a los rivales a quienes no pueden vencer en los temas clave.
El hecho de que Trump señale a los candidatos musulmanes refleja su presunción de que los demócratas son “socialistas” y “comunistas”. Y si logra desprestigiar a El-Sayed y Talarico, le estará haciendo un favor a su partido. Ambos se encuentran inmersos en dos contiendas que se prevé que se mantengan reñidas hasta el final, el 3 de noviembre.
Trump está criticando duramente a El-Sayed, el exdirector ejecutivo del Departamento de Salud de Detroit. “Lo llamo Mohammed”, manifestó Trump en Tennessee el sábado. “Alguien dijo: ‘Su nombre no es Mohammed’. Soy el presidente, puedo llamarlo como me dé la gana”. El lunes por la noche en Ohio, añadió: “Es un yihadista”.
Por supuesto, es legítimo que los republicanos destaquen y ataquen el historial de El-Sayed. Quieren llamar la atención sobre su afirmación de que Israel estaba cometiendo genocidio en Gaza poco después de los ataques del 7 de octubre.
Muchos judíos estadounidenses —entre ellos votantes demócratas— rechazan el término, incluso mientras lamentan la muerte de decenas de miles de palestinos en la guerra entre Israel y Hamas tras los atentados terroristas que causaron la muerte de más de 1.200 personas, en su mayoría israelíes, en 2023.
Pero llamar a El-Sayed “yihadista” —es decir, un terrorista radicalizado que rechaza la democracia, sugiriendo que está alineado con grupos como Al-Qaeda o el ISIS— es cruzar un límite.
Obviamente, la intención es asustar a los votantes haciéndoles creer que el candidato demócrata es un terrorista y una amenaza para la seguridad. Y llamar a El-Sayed “Mohammed” lo denigra e insulta la humanidad y la individualidad de todos los musulmanes.
En términos más generales, el presidente parece estar presentando al demócrata nacido en Michigan y a cualquiera que comparta su fe como antiamericanos e indignos de los derechos políticos de todo ciudadano. Sus tácticas recuerdan su uso aún incesante del segundo nombre de Obama, Hussein.
El-Sayed respondió a la deliberada distorsión de su nombre por parte de Trump argumentando que el enfoque del presidente insulta la inteligencia de los votantes. “Sabe que me llamo Abdul. Lo dice todos los días”, escribió El-Sayed en X. “Pero no solo me ataca a mí. Nos ataca a todos. Nos menosprecia. Cree que puede usar mi nombre y mi fe para distraernos del sufrimiento que sus políticas nos infligen en la gasolinera, en el supermercado y en la consulta del médico”.
La retórica del presidente hacia Omar, con quien ha mantenido una feroz disputa durante años, tiene objetivos similares. Insinúa que la representante de Minnesota está importando a su estado lo que él describe como la anarquía de Somalia.
“Es un desastre. Viene de un país sin leyes, sin policía, sin fuerzas militares, sin… lo único que hacen es dispararse entre ellos”, declaró el lunes Trump en Ohio. “Vienen a Estados Unidos y nos dicen cómo debemos gobernar nuestro país. No lo vamos a tolerar. Aumentan los impuestos. Aumentan los costos de la atención médica, los seguros y el cuidado infantil”.
Minnesota acogió a decenas de miles de somalíes a principios de la década de 1990, cuando su país de África Oriental se sumió en la violencia. La administración afirma que la comunidad está plagada de delincuentes violentos y de fraude generalizado, principalmente en guarderías.
Los líderes somalíes aseguran que los delincuentes violentos son una minoría ínfima y que Trump y los republicanos los difaman sin fundamento.
El Departamento de Justicia informó haber realizado una operación policial en el domicilio de Omar, candidata a la reelección. Aún no es posible verificar de forma independiente las pruebas o acusaciones en su contra. Omar respondió que Trump la había difamado durante años y que ahora la estaba utilizando como adversaria política.
Los asesores de Trump niegan repetidamente que sea racista o culpable de retórica racista, señalando que organiza eventos para conmemorar hitos como el Mes de la Historia Negra y que aumentó su apoyo entre los votantes de minorías en las elecciones de 2024.
En febrero, la entonces secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, criticó duramente a los “demócratas radicales que a lo largo de los años han acusado falsamente a este presidente de ser racista”.
Muchos votantes republicanos también denuncian un doble rasero, señalando que los demócratas suelen hablar en términos despectivos sobre los conservadores y los votantes de Trump en general, incluyendo a aquellos que adoptaron la frase de Hillary Clinton de que la mitad de ellos pertenecían a una “cesta de deplorables” como una perversa insignia de honor.
Algunos demócratas de alto rango han acusado abiertamente a Trump de ser un fascista.
Pero Trump y Vance también están intensificando una tendencia que anima al Partido Republicano, ahora populista: la tendencia a emitir juicios específicos sobre quién puede ser considerado un auténtico estadounidense.
En la campaña de 2008, la candidata republicana a la vicepresidencia, Sarah Palin, argumentó que el “verdadero EE.UU.” estaba definido por los patriotas de pueblos pequeños y los trabajadores incansables que vivían en “zonas proestadounidenses de esta gran nación”, dando a entender que aquellos que residían fuera del corazón del país carecían de legitimidad y orgullo por la nación.
Esos comentarios parecen inofensivos en comparación con la virulencia que Trump desató, y su posterior disculpa ahora parece una curiosidad histórica.
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