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Más allá de la emergencia climática: cómo alimenta El Niño los problemas de salud mental

Por Ángela Reyes Haczek, CNN en Español

Inseguridad alimentaria, dengue, problemas respiratorios, riesgo de enfermedades gastrointestinales: los efectos de El Niño en la salud física ya se sienten con fuerza en América Latina —donde además sus lluvias se han cobrado decenas de vidas este año—, pero hay una dimensión que rara vez alcanza los titulares: la salud mental.

Y, sin embargo, los fenómenos extremos como las inundaciones, las sequías y el calor extremo que acarrea este patrón climático del océano Pacífico pueden tener un precio alto en términos de bienestar mental, tal como ha alertado la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en un informe reciente sobre los desafíos de salud que enfrenta la región por un El Niño que se ha intensificado de manera vertiginosa desde junio y que seguirá ganando potencia, según los pronósticos.

El estrés y la ansiedad, con las consecuentes afectaciones del sueño y las actividades de la vida cotidiana, son los problemas de salud mental más comunes derivados de El Niño, explicó a CNN Español Carmen Martínez, asesora regional en Salud Mental y Uso de Sustancias de OPS/OMS.

Por un lado, fenómenos como las sequías prolongadas y las inundaciones exponen a muchas familias a problemas de subsistencia concretos: pérdida de ingresos, desplazamiento de los hogares, problemas de acceso a insumos básicos como el agua y los alimentos. Y en este contexto el estrés y la ansiedad son manifestaciones “de alguna manera normales, porque es una reacción para intentar lidiar con esa situación tan anormal del desastre”, dice Martínez.

(Organismos internacionales han alertado sobre los efectos económicos esperados de este El Niño extremo: la Cepal advirtió este lunes, por ejemplo, que el fenómeno podría llevar a 4,8 millones más de personas a la pobreza para finales de la década y que la región de América Latina y el Caribe pierda al menos el 2 % de su PIB en tres años).

Pero el desencadenante trasciende a lo económico. “La pérdida de los ingresos es un elemento fundamental, pero también es verdad que el propio miedo a la inseguridad de qué va a pasar después, más allá de la pérdida de ingresos, también es fundamental, porque al final cuando se vive, por ejemplo, muchos meses en una sequía, hay esa incertidumbre que te lleva a qué va a pasar después, cómo voy a conseguir que mi familia sigamos teniendo una situación relativamente normalizada”, explica Martínez.

Las personas con un historial de problemas de salud mental tienen un riesgo mucho mayor de padecer dificultades —aunque nadie está exento de peligro—, un dato de contexto que se vuelve central en América Latina y el Caribe, donde según estimaciones de la OPS una de cada cuatro personas experimentará durante su vida un trastorno de salud mental y donde las tasas de ansiedad y depresión superan los promedios mundiales.

Si bien la problemática asociada a El Niño atraviesa géneros y edades, los expertos sí identifican como población más vulnerable a las mujeres —grupo en el que la prevalencia de depresión y ansiedad es casi del doble que en los hombres en América Latina—, en especial cuando tienen un rol de cuidado directo de las familias.

El riesgo de consumo de alcohol y otras sustancias, dice Martínez, también aumenta en el contexto de El Niño, ya que “lo que está demostrado es que uno de los mecanismos habituales de las personas, cuando estamos en situaciones estresantes —es muy claro en el caso de los desastres, pero en situaciones cualquiera críticas de la vida normal— reaccionamos buscando alternativas de alguna manera para paliar esa situación”.

Y aquí, otra vez, la región parte de una base especialmente compleja: el nivel de consumo en las Américas es cerca de un 40 % mayor que el promedio mundial, según la OPS, y está marcado por “patrones particularmente riesgosos” como los episodios de consumo excesivo que aumentan el riesgo de lesiones y enfermedades.

También puede aumentar el consumo de psicofármacos, especialmente ansiolíticos, un tratamiento que las personas no deberían iniciar sin una consulta médica previa.

Además, contrario a lo que uno puede imaginarse, la toma de ansiolíticos en el momento más agudo del padecimiento no es recomendable, dice Martínez: “Solo es ya cuando hay toda una serie de evidencia de cómo la persona ha ido experimentando sus síntomas y demás, que ahí podría ser recomendado algún fármaco. Pero en términos generales, en una situación como esta, en el momento normal del estrés no se va a recomendar en primera línea ningún fármaco”.

Cuando el desastre comienza, las dificultades más habituales son el estrés, la angustia, la ansiedad, los problemas de sueño. Sin embargo, cuando la situación se sostiene en el tiempo aumenta también el riesgo de depresión. Y esta puede darse incluso cuando la familia recupere unas condiciones de vida relativamente normales tras el desastre.

También hay que estar atento a otra posibilidad: que una persona empiece a presentar problemas más a mediano o largo plazo, incluso si en los primeros momentos de la emergencia no dio señales de dificultades de salud mental. “La mayor parte de las personas empiezan con reacciones iniciales que luego pueden recuperarse o pueden mantenerse o empeorar, pero en algunos casos también puede ser que las reacciones aparezcan de manera postergada”, dice Martínez.

Eso es porque en el momento de crisis, en el que deben estar alerta y buscando activamente soluciones, logran evitar las reacciones, que luego aparecen porque “no se ha conseguido integrar en la persona lo que ha ocurrido”. Esto pasa muchas veces con las personas encargadas de los cuidados en la familia, ejemplifica, e incluso con autoridades u otros roles que están implicados directamente en la respuesta al desastre.

La OPS advirtió en una evaluación reciente que el riesgo de violencia basada en género en el marco de El Niño puede aumentar a través de varias vías indirectas, que incluyen los refugios superpoblados o con malas condiciones a los que deben ir personas que quedaron sin hogar, los desplazamientos, las dificultades para acceder a servicios de salud y sociales, la inseguridad alimentaria y el aumento del estrés.

“Lo que hemos visto es que realmente hay mucho mayor riesgo para que pueda haber conflictos en la familia, (y) violencia de género, por esa tensión que se va acumulando y que muchas veces además no hay muchas alternativas para poder mejorar la situación (de emergencia material)”, explica Martínez.

Cuando en la familia ya hubo episodios de violencia de género, así como en los casos en que los adultos fueron víctimas de violencia cuando eran niños, el riesgo es mayor, pero también se registran casos en los que no existían antecedentes, aclara Martínez.

La agencia cita el caso de México, donde en el marco de la sequía “los déficits locales de precipitaciones se asociaron con un aumento de las lesiones relacionadas con la violencia de pareja”.

Además, dice, la inseguridad alimentaria puede “reforzar la dependencia económica, el estrés social y los mecanismos de afrontamiento nocivos, como el sexo transaccional o de supervivencia, lo que puede aumentar la exposición a la explotación y la violencia sexuales”.

No hay soluciones mágicas para enfrentar la ansiedad y el estrés que generan episodios como el de El Niño. ¿Entonces qué hacer? Además de las medidas de autocuidado habituales —alimentación saludable, hidratación, ejercicio, que además ayuda a un mejor sueño—, Martínez hace hincapié en el apoyo comunitario y el diálogo.

“El poderse apoyar mutuamente, el tener la oportunidad de que puedas realmente hablar, que puedas expresar qué es lo que te pasa, cómo lo estás viviendo”, dice. “Una de las reacciones habituales ante los desastres es que creemos que lo que nos está pasando es único y no le pasa a nadie más. Y lo que sabemos hoy en día es que la mayor parte de las personas tienen esas reacciones. No siempre son las mismas, pero sí que es muy habitual el tener reacciones, y compartirlas y sentirte que hay más personas que están viviendo lo mismo ya de por sí ayuda”.

Un apoyo especial requieren las niñas y los niños, agrega Martínez, a quienes es fundamental que en la medida de lo posible las personas cuidadoras les transmitan seguridad y también, así como conviene para los adultos, les faciliten que puedan expresarse.

“Es un mito bastante habitual pensar que es mejor no hablar de lo que está pasando y no hablar de los sentimientos porque entonces puede ser peor y es todo lo contrario. Esa expresión emocional, el poder darle ese marco de que es normal sentirse así y de poder ver conjuntamente qué podemos hacer para intentar lidiar con eso y sentirnos un poquito mejor, eso ayuda tanto a nivel familiar como a nivel comunitario”.

Hay países donde los embates de El Niño se sienten desde hace semanas o meses. Pero aún no hemos recorrido ni la mitad del camino: existe una probabilidad excepcionalmente alta, cercana al 100 %, de que El Niño persista hasta febrero de 2027 y que sus efectos se sostengan incluso más entrado el año, según los expertos de la Organización Meteorológica Mundial.

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