Milei se pelea con Lula y busca liderar a la derecha regional, como Trump. ¿Podrá?
Análisis por Iván Pérez Sarmenti, CNN en Español
“Confiamos en ti, Flavio, para lograr parar a la basura socialista. El socialismo del siglo XXI ha hecho fuertes raíces en este país, siendo el infame Foro de San Pablo, fundado por Lula da Silva y Fidel Castro, una red transnacional clave para la diseminación del comunismo en el continente”. Con poca novedad en su discurso, pero polémico y efectista como siempre, Javier Milei fue aclamado por miles de militantes en el Mercado Livre Arena Pacaembú de São Paulo, donde dio inicio a una ambiciosa gira sudamericana que tuvo como primera escala el lanzamiento presidencial del primogénito del exmandatario Jair Bolsonaro, quien se encuentra detenido y acusado de intentar un golpe de Estado en 2023.
Su presencia en Sao Paulo fue la carta de presentación de un periplo que llevará a Milei este martes a Lima —para la asunción de Keiko Fujimori—, a Bogotá —para los actos del presidente electo Abelardo de la Espriella— y a Quito, en un encuentro bilateral con Daniel Noboa. En un mapa hemisférico reconfigurado tras el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, el líder libertario busca proyectarse como referente del espacio conservador. Sin embargo, para algunos el vendaval desencadenado en Brasil expone los dilemas centrales de su cruzada: ¿puede Milei erigirse en el conductor de la derecha regional o es solo una estridencia mediática en medio de un bloque heterogéneo que responde a lógicas muy distintas?
Milei, que llegó a Brasil luego del veto explícito del Supremo Tribunal Federal (STF) —cuyo magistrado Alexandre de Moraes había rechazado su pedido para visitar a Jair Bolsonaro en su prisión domiciliaria— no ahorró adjetivos en la convención oficial del Partido Liberal (PL). Imposibilitado de concretar la foto con el patriarca del movimiento, tildó al juez de “basura calva” por no permitirle visitar a su “amigo injustamente encarcelado” y al presidente Luiz Inácio Lula da Silva de “ladrón” y “presidiario”, a la vez que bendijo la candidatura del senador Flávio Bolsonaro de cara a los comicios de octubre de 2026.
Las palabras de Milei provocaron reacciones inmediatas: la Cancillería brasileña llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, elevando la tensión diplomática de un ya debilitado vínculo bilateral.
Las declaraciones de Milei encontraron un rechazo frontal en la cúpula del gobierno de Brasilia. El ministro de Hacienda Darío Durigan atacó a Milei donde, quizás, más le duele: afirmó que los indicadores económicos brasileños muestran mejores resultados que los de Argentina bajo la gestión del economista libertario.
“El payaso del presidente argentino vino y habló de Brasil, cuando el riesgo país de Argentina es mucho mayor. La deuda pública es mucho mayor. La inflación allí es mucho mayor. No podemos creernos el alarmismo de esta gente que dice que va a ser el apocalipsis”, dijo el jefe del equipo económico brasileño en una entrevista con Rádio Jornal.
Las motivaciones de Milei para desembarcar en la política brasileña parecen responder a una doble agenda: por un lado, apela a un discurso beligerante, que muchas veces le ha funcionado, para insuflar dinamismo a la candidatura de Flávio Bolsonaro, quien enfrenta fuertes resistencias dentro del centro-derecha tradicional. Pero por el otro, busca alimentar una narrativa que lo presente como un actor geopolítico de peso internacional, aunque solo sea para la política doméstica argentina, dado que el mandatario ya confirmò que buscará la reelección el año próximo.
Para César Niño, profesor titular de Relaciones Internacionales en la Universidad Militar Nueva Granada de Colombia, el movimiento responde al ADN político del mandatario argentino.
“Brasil es un escenario estratégico. Milei nota en Flávio Bolsonaro un heredero que puede capitalizar el giro a la derecha en Sudamérica. No busca mover votantes del centro en Brasil, sino recalcar que el bolsonarismo sigue vivo a pesar de los reveses judiciales de Jair. Busca golpes simbólicos de liderazgo, pero es más una ‘performance’ política que un liderazgo de profundo calado”, sostiene.
El politólogo y analista internacional Daniel Kersffeld destaca las severas limitaciones de este despliegue estratégico: “Es poco lo que Milei le aporta a Flávio Bolsonaro. El hecho de que lo reciba Trump y ahora Milei lo refuerza ante sus cuestionamientos internos, pero es una movida con más impacto dentro de Argentina que afuera. En Brasil son conscientes de que Milei no atraviesa su mejor momento de aprobación interna y que la economía argentina retrocede a pesar del respaldo de Estados Unidos, mientras Lula puede exhibir mejores indicadores”.
Tras la escala paulista, la agenda de Milei continúa buscando alianzas ideológicas en la región. En Perú con el regreso del fujimorismo al gobierno con Keiko Fujimori, hija del fallecido Alberto Fujimori, otro mandatario que atentó contra la democracia y estuvo preso por numerosos casos de corrupción y violaciòn a los derechos humanos. Luego en Colombia celebrará la llegada al poder del “outsider” Abelardo de la Espriella y su programa “Patria Milagro”; y en Ecuador reafirmará la cooperación con Daniel Noboa.
Esta ruta intenta cohesionar a los gobiernos de la región bajo una bandera pro-mercado y de mano dura en seguridad pública. ¿Posee Javier Milei la capacidad real de erigirse en el líder de la nueva derecha sudamericana? No son pocos los que creen que la pretensión de erigir un bloque homogéneo puede enfrentar barreras complejas.
Como advierte Niño, mientras el modelo de Nayib Bukele en El Salvador gravita en torno a la seguridad punitiva y las mega cárceles, el esquema de Daniel Noboa en Ecuador o Keiko Fujimori en Perú prioriza el control institucional y la estabilización, e iniciativas como las de De la Espriella en Colombia apelan a un discurso más anti-sistema .
“Creo que son derechas fragmentadas, que comparten la visión, tal vez, de repulsión hacia el progresismo en América Latina, pero son derechas totalmente distintas, con procedencias diferentes y con raíces profundamente asimétricas”, advierte, y agrega: “Puede haber algún tipo de performance y de actividad política que seguramente pueda impulsar la figura de Javier Milei. Pero también le compiten otros grandes nombres en América Latina. Yo no estoy tan seguro hasta qué punto Milei pueda ser el protagonista y tal vez el referente”.
Es que en este escenario, el “bukelismo” saca una ventaja considerable en términos de exportabilidad. Como también subraya Kersffeld, “el principal competidor que tiene Milei es Bukele, que gobierna desde antes y es más cercano a Trump en materia de seguridad, ya que desde un principio le ayuda con su política de deportaciones prestándoles prisiones para encerrar a los deportados. El modelo bukelista de combate a la inseguridad es el que más impacto favorable tiene en la región y es fácilmente copiable. El perfil económico libertario de Milei es mucho más limitado para exportar porque los países tienen realidades muy distintas”.
Un factor determinante en la ecuación de Milei es su estrecha vinculación con la administración de Donald Trump, un líder con el que las nuevas derechas latinoamericanas se refrendan. Si bien la propia diplomacia estadounidense —a través de voceros clave como el secretario de Estado Marco Rubio— ha impulsado a Milei a asumir un rol de vocería conservadora regional a cambio de respaldo financiero y geopolítico, los avances concretos en la construcción de ese liderazgo han sido modestos.
Cuando Trump fue reelegido, Milei viajó a Palm Beach para convertirse en el primer líder extranjero en reunirse con él tras su victoria. Al poco tiempo, Trump lo describiría como su “presidente favorito”. Por ese entonces, Milei tenía poca competencia desde la derecha por la atención del mandatario estadounidense, salvo Bukele. Sin embargo, desde entonces, candidatos de derecha, más o menos ultras, han ganado las seis elecciones presidenciales celebradas en la región, y algunos con el apoyo explícito de Trump.
Además de copiar celebraciones y símbolos, el presidente argentino también ha emulado varias políticas trumpistas, como retirarse de la Organización Mundial de la Salud y el endurecimiento de las políticas de inmigración.
No obstante, este alineamiento irrestricto conlleva riesgos: las crecientes dificultades económicas en el frente interno argentino (fuerte caída del poder adquisitivo y aumento de la informalidad laboral) le restan credibilidad como modelo de éxito económico frente a sus pares regionales, y su suerte internacional queda atada a las fluctuaciones y reveses electorales de la política interna de Estados Unidos.
“A Milei le interesa que se lo vea como discípulo de Trump ya que, según él, eso refuerza sus posibilidades de gobernabilidad. Sin embargo, un revés de Trump en las elecciones de noviembre también podría afectar a Milei”, señala Kersffeld.
Si bien Javier Milei logra concentrar la atención mediática internacional a fuerza de su retórica encendida e histrionismo, su capacidad para estructurar una coalición política de largo alcance en América Latina parece ser acotada. Más que el conductor de un movimiento coordinado, el presidente argentino opera hoy como un faro ideológico de protesta anti-progresista y parece que su efectividad como articulador regional dependerá, en última instancia, de si su experimento económico logra mostrar resultados tangibles y sostenibles en su propia casa más allá del show discursivo internacional.
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