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Cómo África salió de las sombras y puso en jaque a los gigantes en el Mundial 2026

Por Federico Leiva, CNN en Español

“En África está el futuro del fútbol”, dijo Carlos Salvador Bilardo en un programa argentino de televisión en el año 2000. El vaticinio, sin embargo, tenía su origen en 1975, cuando el entrenador dirigía a Estudiantes de La Plata y fue a Marruecos a disputar una serie de partidos amistosos, casi una década antes de llevar a la selección argentina a su segundo título mundial, en 1986.

Bilardo se refería a que en África veía fútbol en todos lados, especialmente en las calles, algo que según él se estaba perdiendo en Europa y Sudamérica. Es lo que tradicionalmente se conoce como “potrero”, esas canchas improvisadas en cualquier lugar, menos en el césped: en barriales, suelos de piedra, a menudo con chicos descalzos y donde la única regla es el “vale todo”. Porque si un pequeño juega bien en el “potrero”, tiene media carrera de futbolista hecha.

La frase, pensada hace medio siglo y dicha en público hace 26 años, está cobrando cada vez mayor sentido. Especialmente en los últimos cuatro años. Y ahora que la participación del continente africano terminó en el Mundial 2026, podríamos estar muy de acuerdo con “el Doctor”.

Que las selecciones africanas den la sorpresa en un Mundial no es algo inédito. Solo basta con recordar las victorias de Senegal ante Francia y Suecia en 2002, o la de Nigeria a España en 1998. Claro, también estuvo la de Camerún a Argentina en 1990, o la increíble copa que hizo Ghana en 2010, quedando muy cerca de semifinales.

Pero parecen casos aislados, o, en el mejor de los casos, producto de una gran camada de una selección en particular y en un torneo puntual.

Sin embargo, lo que estamos viendo desde 2022 es un crecimiento constante de gran parte del continente. Incluso los nombres han cambiado. Antes sobresalían Nigeria o Camerún, pero ahora acabamos de presenciar un Mundial donde nueve de diez selecciones africanas clasificaron a la instancia de mano a mano, algo impensado décadas atrás.

Incluso una selección que nunca había jugado un Mundial, que representa a un país de solo medio millón de habitantes y que tuvo que enfrentar a tres campeones del mundo en cuatro partidos, se fue de Norteamérica sin haber perdido un solo juego en los 90 minutos.

2022 fue la primera señal de alerta para el resto de los continentes. Cinco selecciones africanas llegaron al torneo en Qatar y hubo dos que pasaron la fase de grupos, Senegal y Marruecos.

Los senegaleses se quedaron en octavos de final (ante Inglaterra), pero los marroquíes sorprendieron al mundo al eliminar a España (por penales) y a Portugal en octavos y cuartos, siendo la primera selección africana en llegar a semifinales en toda la historia del Mundial. La increíble racha de Marruecos solo se detuvo al enfrentarse a Francia (su mismo verdugo que en 2026) en un duelo muy parejo, más allá de lo que el 0-2 del marcador sugiere.

Pero hubo más: Camerún se convirtió en el primer país africano en derrotar a Brasil en un Mundial, al ganarle 1-0 en fase de grupos, y Túnez también dio la nota al ganarle a la misma Francia que llegó a la final. La Canarinha y Les Bleus jugaron con mayoría de suplentes, es cierto, pero lo terminaron lamentando.

El Mundial 2026 presentaba el cóctel perfecto para África. Una Copa del Mundo con más equipos, en la cual era un poco más accesible pasar la primera fase (clasificaron algunos terceros) y con el doble de cupos para el continente. Llegaron una decena de participantes, nueve de manera directa. Uno más aterrizó por la vía del repechaje internacional, si se quiere, una prueba anticipada de que el nivel de África estaba por encima de otras confederaciones.

Entre esas diez estuvieron algunas selecciones ya tradicionales, como Costa de Marfil, Túnez, Ghana, Senegal y Marruecos; otras menos constantes, como Egipto, Argelia y Sudáfrica; y dos prácticamente desconocidas: Cabo Verde, debutante en un Mundial, y la República Democrática del Congo, que no participaba desde hacía más de 50 años, cuando el país ni siquiera tenía ese nombre.

El resultado estuvo muy por encima de las expectativas de analistas y aficionados neutrales.

Nueve de las diez selecciones pasaron la fase de grupos, con algunos resultados que fueron directo a los libros de historia: el empate de la RD Congo ante Portugal, el de Ghana ante Inglaterra y, por supuesto, el imborrable 0-0 de Cabo Verde ante España en su debut absoluto. Además, Marruecos puso contra las cuerdas a Brasil y Costa de Marfil tuvo en jaque a Alemania hasta bien entrado el segundo tiempo.

Solo para trazar una comparación útil, Asia también tuvo un aumento en su representación en la Copa del Mundo, con nueve seleccionados, pero siete de ellos se quedaron afuera de la fase eliminatoria. Solo Japón y Australia (compite por Asia a pesar de ser un país de Oceanía) llegaron a 16avos de final.

Precisamente esa ronda significó el adiós de muchos africanos, siete, para ser exactos, pero casi todos fueron un dolor de cabeza. Sudáfrica estuvo a segundos del tiempo extra contra Canadá, Senegal estaba 2-0 ante Bélgica a los 85 minutos, Noruega no venció a Costa de Marfil hasta los 86 minutos y la RD Congo estuvo a un cuarto de hora de eliminar a Inglaterra, o a por lo menos cinco minutos de ir al suplementario. El mayor susto se lo llevó ni más ni menos que el campeón defensor, Argentina, que sudó de más para eliminar a la debutante Cabo Verde en el tiempo extra, y solo gracias a un gol en propia puerta.

Marruecos acabó llegando hasta los cuartos de final, donde otra vez una superpoderosa Francia le puso freno, y Egipto cayó una fase antes, en octavos de final, después de estar 2-0 arriba ante Argentina faltando poco más de 10 minutos. África vendió cara su derrota y dejó aviso: cualquiera de su continente puede competir con los poderosos.

Pero ¿cómo logró este cambio el fútbol africano? Bueno, no hay una receta única, porque los cimientos de cada país no son únicos tampoco. Países como Costa de Marfil y Egipto, por ejemplo, han desarrollado talentos en sus selecciones juveniles, pero otros como Cabo Verde y Marruecos han hecho de la diáspora su columna vertebral.

Tomemos por ejemplo a Marruecos, otra vez la selección del continente que más lejos llegó. Si tuvieran que adivinar cuántos de los jugadores de los Leones del Atlas en el Mundial 2026 nacieron efectivamente en suelo marroquí, probablemente todos errarían, como este autor lo hizo. Solo siete futbolistas nacieron en el territorio que defendieron en la Copa del Mundo, y ninguno está entre los más conocidos.

Yassine Bounou nació en Canadá, Achraf Hakimi y Brahim Diaz en España, Noussair Mazraoui en Países Bajos, Issa Diop en Francia (fue compañero de Mbappé en las selecciones juveniles), Zakaria El Ouahdi y Bilal El Khannouss en Bélgica, y así podríamos seguir un rato más.

En todo caso, Marruecos confirma una tendencia que también se ve en otras selecciones: entre los jugadores que pueden optar por una selección de África o una de Europa, la opción africana ha ido ganando terreno, ya sea por falta de oportunidades en algún seleccionado del viejo continente, o porque sienten un arraigo más profundo con la tierra de sus padres.

Tomen el caso de Doué, no Désiré, el que deslumbra con Francia, sino Guéla, el que jugó con Costa de Marfil, hermano del talentoso extremo francés. Los dos tuvieron la opción de elegir, y hubo uno que eligió a la selección africana. Pero hay más, Yoane Wissa nació en Francia, pero juega para la RD Congo (le hizo el gol a Portugal), lo mismo Riyad Mahrez, capitán de Argelia, y la lista sigue.

Y con el crecimiento que mostró África en este Mundial, ¿es una locura pensar que la opción africana gané aún más adeptos?

Europa sufrió en carne propia la potencia física y el despliegue de las selecciones africanas en este Mundial, pero es innegable que también se ha nutrido del talento de raíces africanas.

Lamine Yamal, el presente y futuro de la selección española, es de padre marroquí y de madre ecuatoguineana. Si hasta incluso se permitió “celebrar” la victoria de Marruecos sobre España en 2022, cuando solo tenía 15 años.

Antonio Rüdiger, el defensor central de Alemania, tiene madre nacida en Sierra Leona y padre miembro de la diáspora africana en el país. Buyako Saka, estrella de Inglaterra, es hijo de nigerianos. Kylian Mbappé tiene padre camerunés y madre de raíces argelinas, y Michael Olise tiene padres de raíces argelinas y nigerianas. Lukaku, por citar un caso de otro equipo en cuartos de final, Bélgica, pudo perfectamente haber jugado el torneo para la RD Congo, donde nacieron sus padres. Si incluso su padre representó al país a nivel internacional (cuanto todavía se le conocía como Zaire).

Es una relación casi simbiótica. Europa crece a partir de la diáspora africana en el continente, pero ahora también es la propia África la que ha subido unos escalones, y cada vez parece que se anima a más. Si continúa así, puede soñar con pelear en grande.

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