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América Latina alcanza su nivel más bajo de fecundidad: el mapa de una región en transformación

Por Manuela Castro, CNN en Español

Sobre la avenida Vespucio Sur, un gigantesco aviso inmobiliario publicita un nuevo complejo de viviendas: “áreas verdes, espacio de quincho para hacer asado, sector pet friendly”. Es una de las arterias principales de Santiago de Chile, pero el mismo cartel podría estar en Bogotá, Río de Janeiro o cualquier otra gran ciudad latinoamericana.

Las escenas se repiten y se multiplican a lo largo de la región. En uno de los barrios más elegantes de Ciudad de México, por ejemplo, en la misma calle y a solo cuatro locales de distancia entre sí, un estudio de uñas promete esmalte en gel a mujeres por un precio similar al que su vecino de estética canina ofrece un “baño petunia premium”. Tiene sentido. Los perros son cada vez más protagonistas de las familias en la vida cotidiana. En la ciudad de Buenos Aires ya hay más perros que niños; en Quito, también.

El crecimiento y la humanización de los animales domésticos en los hogares de América Latina y El Caribe no explican el fenómeno, pero funcionan como señal de época. La maternidad dejó de ser un destino asumido y los nacimientos se derrumban a una velocidad inédita.

El dato duro está en el último Observatorio Demográfico de la CEPAL, dedicado a la baja fecundidad: la región ya promedia 1,8 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo (2,1) necesario para sostener una población estable, si no se considera la migración. Y el cambio no solo es grande, también es rápido. En los años 50, cada mujer latinoamericana tenía en promedio 5,8 hijos; esta cifra se redujo a la mitad en 1995 (2,9); alcanzó el nivel de reemplazo en 2014 (2,1) y, en la actualidad, la cifra ya se ubica en 1,8.

Simone Cecchini, Director del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE) de la CEPAL dice a CNN que la transición fue mucho más acelerada que la europea: “Incluso, superó lo que Naciones Unidas proyectaba dos décadas atrás”.

La consecuencia, si la tendencia se sostiene, no es un futuro abstracto sino una transformación que ya está en marcha. “Según nuestras estimaciones, la población total de América Latina y el Caribe crecerá hasta 2053 y, desde entonces, en promedio, empezará a disminuir”, advierte Cecchini. Algunos países y territorios ya viven esa realidad: Cuba y Uruguay tienen crecimiento poblacional negativo, y varias islas del Caribe también.

Todas las mañanas, de camino a la Pontificia Universidad Católica de Chile, Martina Yopo Díaz observa el aviso de viviendas de la Vespucio Sur como una imagen que resume buena parte de su trabajo de campo. La socióloga, especializada en género, maternidad y reproducción, lo señala como algo sintomático. “Los niños, y la reproducción en un sentido más amplio, ocupan un lugar cada vez más marginal en los proyectos de vida de las nuevas generaciones”.

En demografía, una tasa de fecundidad por debajo de 1,3 hijos por mujer se considera ultrabaja. Cuanto más se aleja del nivel de reemplazo (2,1), menos tiempo tarda una población en reducirse. En Chile, esa cifra ya es de 1,1 hijos por mujer: la más baja de América Latina y una de las más bajas del mundo, según datos de CEPAL. Y aunque se trata del caso más extremo, no está aislado. Costa Rica (1,32) y Uruguay (1,39) le pisan los talones y Argentina (1,5) ya está en el umbral de fecundidad baja. En El Caribe, en cambio, ya son varios los países en índices ultrabajos.

“Es un fenómeno multicausal”, dice Yopo, pero señala un punto de partida concreto que, lejos de ser una mala noticia, resulta clave: el descenso del embarazo adolescente. “En Chile, las tasas de embarazo adolescente disminuyeron cerca de un 80% en la última década, un logro de salud pública vinculado a políticas de autonomía reproductiva y mayor acceso a anticoncepción”, sostiene.

Pero la tendencia no se limita a ese país. “Las políticas públicas en materia de salud sexual y reproductiva han sido generalizadas en América Latina”, explica Simone Cecchini. Según datos de la CEPAL, la tasa pasó de 70 nacidos vivos por cada mil mujeres de entre 15 y 19 años en 2014 a alrededor de 50 en 2024, una baja cercana al 40% en apenas diez años. Aún así, América Latina y el Caribe siguen siendo la segunda región con mayor embarazo adolescente del mundo, solo por detrás de África, y el fenómeno continúa profundamente atravesado por la desigualdad social.

En una región atravesada por la desigualdad, la caída de la natalidad no se expresa igual en todos los sectores. Según Cecchini, estudios dan cuenta que las mujeres de menores ingresos terminan teniendo más hijos de los que desearían y las de mayores, lo contrario, menos de los que quisieran. “La participación laboral de la mujer, la desigualdad de género y tema de fecundidad son un nudo muy complejo”, dice.

La educación aparece como una variable decisiva. A lo largo de las últimas décadas, a mayor nivel educativo de las mujeres, menor cantidad de hijos. Los datos de Our World in Data muestran que, en América Latina, el aumento sostenido de los años de estudio femenino fue acompañado por una fuerte reducción de la fecundidad. En México, por ejemplo, en 1990 las mujeres tenían en promedio 3,4 hijos y 6,4 años de escolaridad; en 2020, la fecundidad cayó a 1,9 hijos mientras los años de estudio superaron los 10. Tendencias similares se observan en Colombia, Brasil, entre otros países del todo el globo.

En América Latina, además, el cuidado sigue estando “privatizado” y recargado principalmente sobre las mujeres. Si no hay jardines accesibles, licencias bien diseñadas y políticas de cuidado, la maternidad se vuelve un riesgo laboral. La desigualdad, entonces, no solo determina cuántos hijos se tiene, sino cuánta libertad real existe para decidirlo.

Cecchini menciona el caso de Brasil, donde políticas de acceso al cuidado infantil mejoraron la inserción laboral formal de mujeres con menor nivel educativo. Para él, ahí aparece un punto clave: aún si esas políticas no logran “revertir” el descenso de la fecundidad de forma drástica, sí ayudan a que quienes quieren tener hijos puedan hacerlo sin pagar costos desproporcionados.

Los especialistas suelen ser cautos. En el mundo, los países que implementaron políticas para incentivar la natalidad -bonos, licencias generosas, transferencias- lograron, en el mejor de los casos, aumentos modestos o temporales, explican. “En Europa, lo que hemos visto es que muchas veces esas políticas logran adelantar la edad en la que las mujeres tienen hijos”, dice Cecchini. No es menor. El retraso del inicio de la maternidad en las mujeres tiene consecuencias palpables en cuanto a la fertilidad y/o la cantidad de hijos de los hogares.

Yopo Díaz recalca que “hay personas que no van a querer tener hijos, independientemente de las políticas”. Lo que sí puede cambiar, sostiene, es la vida del otro grupo: quienes sí quieren ser madres o padres, pero sienten que no tienen condiciones materiales, tiempo o estabilidad.

En esa línea, incluso hablar de “crisis de natalidad” puede ser engañoso. “La pregunta que empieza a imponerse, más allá de si nacen muchos o pocos niños, es otra: “¿qué sociedad se organiza para que la decisión de tener hijos no sea una condena para una parte, sobre todo, para las mujeres?”, subraya la socióloga.

Si la natalidad baja y la longevidad sube, el resultado es una población que envejece. “La pirámide poblacional deja de ser pirámide”, explica Simone Cecchini: la base se achica, el centro se ensancha y, a futuro, la estructura se invierte.

Ese proceso ya presiona los sistemas de pensiones, de salud y de cuidados de largo plazo, y empieza a transformar el mercado laboral, con menos jóvenes disponibles para sostener la fuerza de trabajo. Pero el giro demográfico vuelve a filtrarse en la vida cotidiana.

En Chile, cuenta Martina Yopo, cada vez se habla más del cierre de unidades de maternidad en clínicas y hospitales por la baja demanda. En Argentina, los titulares hablan del cierre de escuelas por la baja de matrículas.

Un informe de Argentinos por la Educación estima que hacia 2030 la matrícula escolar podría reducirse un 27% a nivel nacional; en Uruguay, las cifras oficiales muestran un 15% menos de estudiantes de entre 3 y 17 años que hace tres décadas, con proyecciones que continúan a la baja. A escala regional, datos de la UNESCO y del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación indican que entre 2015 y 2023 hubo 1,2 millones menos de nacimientos, y que hacia 2030 habrá 11,5 millones menos de niños, niñas y adolescentes en edad escolar que en 2020.

Lejos de ser solo un problema, algunos especialistas ven allí una oportunidad: si habrá menos niños y el presupuesto educativo se mantiene, la región podría invertir mejor por alumno, mejorar calidad, cerrar brechas y ganar productividad.

Pero hay que destacar la complejidad del fenómeno para poder implementar las políticas públicas correspondientes. La baja fecundidad se explica por capas que se superponen: políticas de salud, cambios económicos, educación, nuevas expectativas de género y un clima cultural en el que “tener hijos” dejó de ser un casillero obligatorio.

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