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Este pueblo mexicano abre sus tumbas al mundo, pero lucha para que su tradición no se convierta en espectáculo

Por Rocío Muñoz-Ledo y Max Saltman, CNN en Español

Al caer la noche en el panteón de San Andrés Mixquic, un pequeño pueblo a las afueras de la Ciudad de México, la familia de Ángel Jiménez del Águila se aprieta hombro con hombro en el estrecho espacio que queda alrededor de su tumba.

“Salucita para nuestros muertos”, dice Jesús, uno de sus hijos, mientras se prepara junto a sus hermanos para la llegada de su padre, que murió en 2010.

Faltan apenas unas horas para que se abra la puerta entre el mundo de los vivos y los muertos y todos están ahí reunidos para recibirlo durante el Día de Muertos.

Después de días en los que las familias del pueblo limpiaron tumbas y decoraron las lápidas con flores de cempasúchil, el panteón está inundado de olor a copal y velas encendidas. Es ruidoso: la gente conversa alegremente, recuerda a sus seres queridos, toca música, come y brinda con mezcal. Las campanas de la iglesia cercana repican.

Mientras todo eso ocurre, decenas de turistas de todo el mundo se pasean por el cementerio con los flashes de sus cámaras para ver de cerca cómo las familias de este pueblo celebran el Día de los Muertos, que cada año se festeja en todo México los primeros dos días de noviembre.

Martha Nashieli, otra de las hijas de Ángel, recuerda cómo hace unos años se quedó afuera del panteón a donde había llegado con flores para su padre. “Me sentí muy abochornada en el momento porque no me permitieron ingresar”, dice Martha. “Me quedé frustrada porque es mi papá, soy de aquí, y no me estaban permitiendo entrar porque había mares de gente”.

Es una escena familiar, pero frustrante, en San Andrés Mixquic, un pueblo originario a poco más de una hora de la capital del país que conserva una de las tradiciones de Día de Muertos más arraigadas de México. Los esfuerzos de la comunidad por preservar una de las celebraciones mexicanas más emblemáticas también han atraído a miles de turistas en busca de una experiencia tradicional, pintoresca y auténtica.

Sin embargo, la llegada masiva de visitantes ha obligado desde hace tiempo a los habitantes a enfrentarse a una pregunta cada vez más difícil: ¿cómo pueden compartir su tradición sin convertir en espectáculo la intimidad de su duelo?

Martha, de 40 años, creció viendo turistas entre las tumbas. Desde niña, cada 2 de noviembre, acompañaba a su familia al panteón para visitar las tumbas de sus abuelos. Entre las lápidas iluminadas por las veladoras, se cruzaba con visitantes curiosos que caminaban de un lado a otro, mirando la celebración.

“De pronto, algo íntimo se vuelve —no quisiera decirlo así—, pero se vuelve espectáculo, ¿no? Y esto es algo íntimo, algo muy privado; es una comunión, una armonía que tenemos en cada tumba”, dice.

Martha sabe que los visitantes son parte de la historia de Mixquic y tampoco quiere que dejen de venir. El dilema es otro: cómo compartir una tradición que quieren que el mundo conozca sin que, en el camino, pierda el espacio y la intimidad que necesita para seguir viva.

“Es una realidad que no cabemos, que ya estamos muy reducidos, que nuestro panteón… pues sí, ya no caben más personas”, dice.

En 2025, unas 100.000 personas pasaron por el cementerio entre el 31 de octubre y el 2 de noviembre, según datos del Gobierno de Ciudad de México. Son siete veces la población de San Andrés Mixquic concentrada, en apenas tres días, alrededor de las tumbas de un panteón local. Mientras tanto, las autoridades estimaban que hasta 2 millones de visitantes llegarían ese año al pueblo.

Aun así, Martha no habla de cerrar las puertas del panteón. Dice que incluso estos turistas, algunos de los cuales vienen de lugares tan lejanos como Japón, desempeñan un papel en la celebración: su curiosidad es parte de lo que podría ayudar a mantener viva la tradición.

“Se convierte en una especie de comunión”, reflexiona mientras está junto a la tumba de su padre. “Se hace un vínculo, una comunión con ellos. Entonces los invitamos a que vengan de manera respetuosa a vivir nuestra tradición, a conocerla, a preservarla, a llevarla de regreso a sus propios hogares”.

Pero pedirles a los turistas que respeten el panteón no es suficiente. Driselda Sánchez-Aguirre, profesora e investigadora de la Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra (ENCiT) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha estudiado el turismo masivo en Mixquic y considera poco realista esperar que el respeto surja de manera espontánea cuando el panteón está abarrotado y no existen reglas claras sobre cómo deben comportarse los visitantes.

“Cuando el panteón supera su capacidad física, la responsabilidad individual se diluye entre la multitud”, explica Sánchez-Aguirre, especialista en turismo y gestión cultural. Cuando los visitantes ven que otras personas toman fotografías con flash, hablan en voz alta o se suben a las tumbas para conseguir un mejor ángulo, pueden empezar a pensar que “eso es lo que hace todo el mundo”, señala.

Sánchez-Aguirre recuerda que, hace algunos años, las autoridades instalaron un puente sobre el panteón para que los visitantes pudieran observar las tumbas desde arriba sin ocupar los espacios donde las familias realizan sus rituales. Sin embargo, la medida generó críticas, pues algunos habitantes sintieron que los observaban “como animalitos en un zoológico”. Según la investigadora, el puente finalmente solo se utilizó una vez.

Como alternativa, Sánchez-Aguirre propone orientar a los visitantes antes de que entren al panteón, dándoles indicaciones claras sobre cómo deben comportarse. “Están entrando a un espacio sagrado, donde las familias velan a sus seres queridos. Esto no es un espectáculo”, explica al describir el mensaje que deberían recibir los turistas.

Hasta ahora, las únicas medidas vigentes son las recomendaciones incluidas en la guía oficial de turismo de la Ciudad de México, que aconseja a los visitantes pedir permiso a las familias antes de tomar fotografías y evitar el uso del flash. En febrero de 2025, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, también reconoció que el panteón de Mixquic no contaba con espacio suficiente y se comprometió a trabajar en una solución. Sin embargo, esa iniciativa se centró en la capacidad del panteón para recibir nuevos entierros, no en un plan para gestionar la llegada masiva de turistas.

Antes de la visita al panteón, la familia Jiménez prepara la bienvenida a sus seres queridos en la intimidad de su hogar con un altar repleto de flores, telas coloridas, frutas del mercado local, calaveritas de azúcar y fotos de Ángel y otros familiares.

Solo tiene que seguir el camino de pétalos anaranjados, el aroma del copal y el ritmo del danzón para encontrar la puerta de su antigua casa, donde su esposa e hijos lo esperan.

“Son las doce, ¡bienvenido, papá!”, dice Martha, mientras mueve de un lado a otro un incensario humeante sobre las flores de cempasúchil que se extienden desde la puerta del jardín hasta la sala de la casa donde creció. “¡Bienvenido!”.

Martha rompe trozos de copal en su incensario y se arrodilla ante el altar. Luego sostiene un plato con pan de muerto. “Papá, bienvenido a tu casa, con tus hijos”, dice con la voz entrecortada por la emoción. “Sabes que te amamos, y he estado esperando tanto este día, para poder estar contigo de nuevo. Bienvenido, Ángel Jiménez”.

Ella misma ha recolectado las flores que marcan el camino de la chinampa familiar, un sistema agrícola tradicional de la zona, manteniendo vivo un ritual conectado con su historia familiar.

“Es un tesoro, es un regalo, es una herencia que la estamos viviendo, una herencia viva, y que mi obligación y deber es transmitirla a mis hijos, a mis nietos, a todas mis generaciones”, dice Leonor Bernal Roque, madre de Martha. Su primer recuerdo es el de su abuelo decorando el altar familiar cuando ella tenía cinco años.

“Desde los cinco años”, dice, “empecé a sentir amor por mis antepasados”.

Para Leonor, el Día de Muertos enseña “que la muerte es una transición, no es un castigo” y que las personas “deben manejar la gratitud hacia sus antepasados”.

“La memoria debe ser importante”, dice.

Mientras la familia Jiménez lleva a cabo sus rituales en la intimidad de su casa, un popular desfile del Día de Muertos llena las calles de la Ciudad de México. Esta atracción surgió después de que la película de James Bond de 2015, “Spectre”, mostrara a Daniel Craig abriéndose paso entre un animado desfile del Día de Muertos en su escena inicial.

Dos años después, Disney y Pixar estrenaron “Coco”, una película animada que sigue el recorrido de Miguel, un niño que durante el Día de Muertos llega accidentalmente al mundo de los muertos mientras intenta descubrir la historia de su familia. La cinta llevó la festividad a millones de espectadores alrededor del mundo y contribuyó a convertir algunos de sus símbolos en imágenes reconocibles mucho más allá de México.

Lo que Martha no quiere es que, al salir de Mixquic, la tradición quede reducida a una imagen pintoresca, como la que pintan las películas, y termine por perderse la esencia de una costumbre transmitida de generación en generación. “Creo que estamos perdiendo la esencia del culto”, advierte.

Durante el Mundial, recuerda, le llamó la atención ver flores de cempasúchil adornando las calles de Ciudad de México desde julio, varios meses antes de la celebración.

“De pronto ya veíamos flores de cempasúchil en esa época”, dice Martha. “Entonces hasta la misma tierra, yo creo, se saca de onda. Decimos: en este momento no es tiempo de que me siembres. Son ciclos, son ciclos de la siembra”.

Esos ciclos, dice, tienen su propio ritmo y no siempre garantizan una buena cosecha. “No siempre también somos favorecidos en la siembra, en la cosecha. Hay veces que no se da la flor por falta de agua, o viceversa, que hay tanta agua que la cosecha se pierde. El viento la tira, la destroza, la hace pedazos, el granizo rompe los pétalos”.

Los más jóvenes de la familia aprenden todo esto desde pequeños de sus padres y de sus abuelos, igual que ellos lo aprendieron antes. Ayudan a colocar las ofrendas en el altar, acomodan las flores y despetalan el cempasúchil.

“Desde chiquitos los vamos integrando. A ver, tú coloca esto, hijito, tú coloca esto, hija”, cuenta Leonor. Para ella, esa es la mejor manera de transmitir la tradición a sus nietos con la esperanza de que la mantengan viva. “Toda espiritualidad hay que sentirla, hay que vivirla”.

Sofía, su nieta y sobrina de Martha, tiene 15 años y ya sabe lo que significa vivirla. La parafernalia que rodea la celebración fuera de Mixquic tampoco le es ajena, pero dice que disfruta preparar la ofrenda junto a su abuela y su tía.

“Está bonito, pero no se siente igual”, dice Sofía sobre el popular desfile y todo lo que le rodea. “Aquí no venimos a disfrazarnos ni a hacer un espectáculo; venimos a estar con nuestros familiares”, añade la joven, quien perdió a su padre hace unos cuatro años.

Para ella, esos días también son una forma de mantenerlo presente. “Siempre los recordamos, aunque ya no estén. Es como volver a estar con ellos un ratito y demostrarles que todavía los queremos y que no los hemos olvidado”, dice.

Martha no tiene hijos, pero sabe que ha confiado a sus sobrinos y sobrinas las tradiciones para mantener vivo el Día de Muertos mucho después de que ella misma esté enterrada en este cementerio.

“Solo quiero que ellos también me reciban el día que yo parta”, dice Martha. “Quiero que no me olviden, que sepan que su tía vendrá, y que los amo de la manera más orgánica posible. Que me reciban con todo el amor que les di. Y sé que lo harán. Estoy segura de ello”.

Para que esa tradición sobreviva a quienes hoy la mantienen viva, las familias de este pequeño pueblo siguen buscando la manera de compartirla con el mundo sin que las multitudes terminen por desplazarlas. Porque para ellas, lo que pasa en el panteón cada año es, más que un mero espectáculo, el lugar donde vuelven a encontrarse con sus muertos.

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