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Salió de su país con US$ 100 en el bolsillo y viaja “a dedo” por tierra y mar: ha recorrido decenas de países

Por Karen Esquivel, CNN en Español

Luna Steffany dejó su natal Perú con US$ 100 en el bolsillo, una mochila y el mundo entero por delante. Sin boletos comprados ni rutas seguras, aprendió a avanzar confiando en la generosidad de desconocidos: pidiendo aventón en las carreteras y buscando embarcaciones que la acercaran a su siguiente destino.

Ha recorrido decenas de países, entre encuentros inesperados, noches inciertas y aventuras extraordinarias. Su viaje se mide en kilómetros, pero también en las personas que le tendieron la mano y en el valor de lanzarse a lo desconocido.

Su aventura se inició en 2015. Tenía 22 años y la energía y motivación necesarias para salir a explorar y descubrir el mundo. Lo que no tenía era dinero ni un ingreso fijo para viajar como quería, pero sentía una inquietud que no lograba apartar de su mente.

Y lo hizo. Renunció a su trabajo y habló con su familia. Les dijo que haría un viaje de uno o dos meses que comenzaría en Machu Picchu, pero muy pronto un lugar la llevó a otro y después a otro más.

Inicialmente tenía ahorros para costear su recorrido por el país. Cuando salió de Perú le quedaban únicamente US$ 100, así que eligió la manera más económica de conocer otras latitudes. Eso incluía viajar en autostop, una práctica que consiste en solicitar transporte gratuito a conductores de automóviles, camiones u otros vehículos.

Además, utilizaba plataformas de intercambio de trabajo por alojamiento o couchsurfing para hospedarse en casas de residentes locales. Incluso su tarjeta de débito quedó atrapada en el cajero automático del que retiró dinero en efectivo.

El viaje, que tenía proyectado que duraría dos o tres meses, se ha convertido en una travesía de 11 años.

Salir de Perú “a dedo” rumbo a Bolivia no fue tan fácil como pensaba. “Fue muy difícil hacer autostop, la gente no se paraba, no era algo tan habitual y tuve que esperar mucho”, recuerda la mujer de 33 años.

Después llegó a Argentina, donde la cultura del autostop estaba más extendida y las cosas se le facilitaron.

“Fui ganando más experiencia en hacer autostop, viajar a dedo y me llené de más confianza, y experiencia. Entonces me sentí invencible”.

Para Luna, hacer autostop le permitió desarrollar una especie de radar que se activa para saber en quién confiar a la hora de pedir “aventón”. Su principal guía es la intuición.

“Como mujer tenemos una ventaja muy fuerte que es la intuición”, resalta. “Tenemos un poder intuitivo muy fuerte dentro de cada una y si lo desarrollamos, con el tiempo, es algo que nos protege mucho. Yo elijo creer eso y me ha funcionado muy bien”.

Señala que la mayoría de sus experiencias al viajar “a dedo” han sido buenas y que ha encontrado personas dispuestas a ayudarla de corazón. “Siempre hay señales que te dicen que puedes confiar o que debes mantener distancia, es algo que me ha ayudado a moverme entre diferentes culturas y tradiciones”, afirma.

Así, tomó el camino de la confianza y continuó su aventura por Uruguay, Paraguay, Brasil y las Guayanas, una región geográfica que la sorprendió de distintas formas.

“Fue sorprendente para mí descubrir una zona de Sudamérica, dentro del mismo continente, pero con una cultura tan diversa, con diferentes idiomas, religiones, tradiciones, comida, fue algo que me motivó cada vez más para ir más y más lejos”, señala.

Pasó a Venezuela y de ahí a las islas del Caribe, donde se inició una nueva etapa del viaje. Fue la primera vez que sintió miedo de recorrer sola una zona en la que no tenía experiencia, pero también sentía una emoción especial por aventurarse más allá del continente.

Pasó cerca de seis meses en las islas del Caribe —Trinidad y Tobago, Martinica, Guadalupe y San Martín—, hasta que se presentó la oportunidad de subir a un barco a cambio de trabajo.

El piloto automático de la embarcación se dañó y el capitán necesitaba un equipo que lo ayudara con la navegación, por lo que decidió llevar a cuatro personas para que colaboraran con algunas tareas.

Así fue como Luna subió a la embarcación sin saber de navegación.

Luna y los demás tenían que navegar sin importar las condiciones meteorológicas: lluvia, tormentas o fuertes vientos. Nunca imaginó que la travesía le causaría mareos y vómitos durante casi todo el recorrido.

Finalmente, después de cerca de 20 días, llegó a Portugal. Lo primero que hizo fue besar el suelo: se sentía feliz de volver a estar en tierra.

Sin planes ni una ruta trazada, Luna llegó a Europa el día que cumplió 25 años.

“Yo no había planeado nada, era yo, mi mochila y mi pasaporte llegando en un barco, sin reservaciones o vuelo de regreso, tarjetas para cubrir gastos, nada”, cuenta.

De esa manera continuó su recorrido por el Viejo Continente con un presupuesto casi inexistente. Cruzaba fronteras haciendo autostop o barcostop y se alojaba mediante couchsurfing. Además, durante su travesía por Sudamérica había conocido a otros viajeros que vivían en Francia, España, Bélgica, Alemania y otros países.

Confiaba en que de esa manera podía seguir adelante, aunque viajar “a dedo” no siempre resultaba fácil. “Es algo que requiere de mucha paciencia, tiene una logística como saber dónde paran los autos, el tipo de carreteras, las estaciones de gasolina”, resalta.

Muchas personas, dice, le advertían sobre los riesgos de viajar de esta forma y le pedían tener precaución en ciertas ciudades o zonas. Sin embargo, confiaba en su instinto y su deseo de conocer otras culturas y modos de vida era mucho mayor.

De hecho, el principal objetivo de su viaje nunca ha sido visitar sitios emblemáticos o visualmente atractivos. Le interesa, más bien, conocer otras formas de vida y acercarse a las personas, sus maneras de pensar, religiones y tradiciones.

Muchas de las fotografías que documentan su recorrido tienen como protagonistas a residentes de localidades poco conocidas. En ellas, Luna aparece en un río junto a otras mujeres, con el rostro cubierto de barro, conversando con los habitantes de una comunidad o vistiendo ropa típica.

“A mí lo que me interesa es conectar con el lado humano. Este viaje ha sido más que nada de desaprender. Desaprender todos los conceptos o ideas que uno puede tener de un lugar, de lo que escucha, de lo que lee o ve. Viajarlo así de alguna forma te deconstruye, te hace aprender de nuevo”, reflexiona.

Después de estar en Turquía e Irán, en 2019 decidió que era momento de hacer una pausa. Hasta entonces había ido conectando un país con otro a través de sus fronteras terrestres y marítimas, pero, al mirar el mapa, se dio cuenta de que las naciones que seguían exigían trámites como la obtención de visas. Para llegar a otros destinos, además, debía tomar un vuelo.

“Yo ya no podía continuar más”, detalla. “De ahí para enfrente necesitaba visas para cualquier lugar que iba, necesitaba un ingreso económico para cubrir el costo de las visas, me vi encerrada y supe que necesitaba conseguir un trabajo”.

Fue así como decidió viajar a Emiratos Árabes Unidos, específicamente a Dubai, donde, después de algunos trámites y con la suerte de su lado, consiguió un empleo temporal para ahorrar dinero y sumar más países a su lista.

Ingresó a una empresa petrolera que buscaba expandir su negocio hacia Latinoamérica y permaneció allí durante un año, con un horario fijo y trabajando en una oficina. No era algo que le entusiasmara demasiado, pero su objetivo era más poderoso.

Cuando reunió suficientes ahorros, dejó el trabajo y reanudó su recorrido, incluso en medio de la pandemia de covid-19. Tomó un vuelo por primera vez en muchos años y eligió África como destino. Allí, además de vivir experiencias gratificantes, contrajo malaria y fiebre tifoidea, enfermedades que afectaron su salud de una manera que nunca imaginó.

Ese episodio la llevó a un estado de cansancio físico y mental que marcó su siguiente decisión: hacer realidad el sueño de su mamá de conocer la India.

Al finalizar esa travesía, volvió a Dubai con el propósito de hacer otra pausa, pensar en sus siguientes pasos y trabajar para ahorrar nuevamente antes de retomar el camino.

Más de 10 años después de salir de Perú, Luna ya no es la misma. La solidaridad que ha encontrado en desconocidos y las experiencias de las que se ha nutrido la han llevado a reflexionar que, sin importar la geografía, las personas tienen más cosas en común de las que creen. Esa es una de las razones por las que siente la obligación de compartir sus aprendizajes.

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