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De Monterrey a la Big Ten: un silbatazo histórico que inspira a las mujeres latinas en el fútbol americano

Por Elizabeth Pérez, CNN en Español

La mexicana Gabriela Martínez ha vuelto a hacer historia. Hace ya cuatro años que la árbitra de fútbol americano nacida en Monterrey, Nuevo León, se incorporó al Consorcio de Oficiales Colegiales de Estados Unidos para arbitrar partidos de la División I de la NCAA —fútbol americano universitario—. Ahora logró otro hito, ya que en septiembre fue oficial por primera vez en un partido de la Conferencia Big Ten.

“No lo creía”, recuerda Martínez desde su casa en Florida, Estados Unidos, durante una entrevista con CNN.

Había llegado hasta uno de los escenarios más importantes del fútbol americano universitario en Estados Unidos. Y mientras caminaba por aquel campo, inevitablemente pensaba en todo lo que había ocurrido antes y las veces en que se preguntó si realmente pertenecía allí. El silbatazo inicial terminó de confirmarlo.

“Es una experiencia que no puedo describir con palabras”, dice Gabriela. “Inmediatamente pensé en lo que ha sido mi carrera: venir desde México, abrirme el paso en el arbitraje universitario de Estados Unidos, iniciar en High School, seguir todo el proceso”.

Su llegada a la Big Ten, sin embargo, no estaba en sus planes para esta temporada, porque tenía su calendario completo en la Missouri Valley Conference cuando recibió la noticia de que tendría la oportunidad de pegar el salto. Si bien el debut llegó como una sorpresa, terminó convirtiéndose en uno de esos recuerdos que, asegura, “realmente se van a quedar para toda la vida”.

La historia de Gabriela como árbitra comenzó casi por accidente. Su hermano mayor, Carlos, jugaba fútbol americano en Monterrey, y ella encontró en ese deporte una manera de estar cerca de él. Un día, durante su etapa de preparatoria, él le preguntó si quería ganar dinero, y que podía hacerlo siendo árbitra… consejo que ella siguió. Años después, aquella decisión la llevaría a Estados Unidos y, finalmente, a la Conferencia Big Ten, conocida como la “liga premier” del fútbol universitario.

Aunque su camino está siendo exitoso, Gabriela no ignora que el arbitraje sigue siendo un ámbito históricamente dominado por hombres. Pero cree que algo está cambiando. “Hemos dado pasos firmes, tanto yo como muchas otras mujeres en Estados Unidos, en México, en el mundo”, dice.

Su presencia en la Big Ten tiene precisamente ese significado. No se trata solamente de que una mujer haya llegado a un determinado campo. Se trata de demostrar que puede hacerlo como cualquier otro oficial: por su preparación y por el trabajo que ha demostrado partido tras partido. “Ya no es un árbitro hombre, un árbitro mujer”, explica. “Ya es un oficial que viene a sancionar un partido”.

El camino, sin embargo, no ha sido sencillo ni barato. Gabriela revela que asistir a una clínica de arbitraje puede costar entre 800 y 1.000 dólares solamente en inscripción, a lo que hay que sumar viajes, hospedaje y comida. “Es una inversión”, explica.

También ha tenido que superar otro reto: el inglés. En español puede explicar una jugada sin problemas. En inglés, especialmente cuando necesita utilizar la terminología específica del arbitraje y del deporte, todavía hay momentos de duda, que han llegado a hacerla pensar incluso en tirar la toalla.

Ella lo llama por su nombre: el síndrome del impostor. Después de un partido suyo que considera malo, puede llegar a preguntarse si realmente pertenece a ese nivel. Entonces recurre a su red de apoyo, a sus mentores y a quienes le recuerdan que esos momentos forman parte del proceso.

Su meta actual es clara: convertirse en oficial de tiempo completo en la conferencia. Aun así, la NFL también sigue apareciendo en el horizonte. Ha participado en algunas prácticas y campamentos con equipos profesionales, experiencias que inevitablemente la hacen soñar. No obstante, Gabriela sabe que llegar a la National Football League requiere un proceso largo y que muchas cosas están fuera de su control. Lo que sí puede controlar es su trabajo. “Ya se dio un primer paso”, afirma. Ahora dice que le toca seguir demostrando, partido tras partido, que pertenece allí.

Quizás, el aspecto más especial de su historia sea lo que ocurre cuando Gabriela mira hacia las gradas. Desde la temporada pasada lleva consigo un pañuelo extra. Busca entre el público a un niño o una niña y, cuando encuentra la oportunidad, se lo regala. La intención es sencilla: sembrar una idea. “¿Y qué tal si a lo mejor no vienen a ver el juego? ¿Qué tal si vienen a ver el arbitraje?”, se pregunta. Gabriela quiere que su presencia sirva para mostrar que arbitrar también puede ser una carrera y que se puede comenzar desde pequeño.

Por eso, su historia adquiere también un significado especial durante el Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos. En los partidos porta la bandera de Estados Unidos como parte de su función. Pero dentro de ella, explica, lleva siempre los colores de México, que son los colores de su origen, los que hoy la han llevado a cumplir un sueño que ni imaginaba. Algo que reconoce muy emocionada, y que la hace sentirse orgullosa de sí misma.

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