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Citas rápidas en tiempos de hartazgo de Tinder: cómo buscar amor en 5 minutos sin perder la fe en la humanidad en el intento

Por Ángela Reyes Haczek, CNN en Español

Hace frío y ya es la hora. Duda. Parece no animarse a franquear la puerta del bar. Da unos pasos desordenados, de esos que no llevan a ninguna parte, mira el teléfono distraído y finalmente atraviesa, perfumado, un umbral solo apto para valientes: está a punto de empezar una noche de citas rápidas con desconocidas.

(“El instante de la decisión es una locura”, dijo una vez el precursor del existencialismo Søren Kierkegaard).

La pregunta la repiten solteros, divorciados y hasta casados, de entre menos de 30 y más de 70 años, enamoradizos y escépticos: ¿cómo conocer gente sin tener que caer, como Alicia por la madriguera del conejo, en Tinder, Bumble, Happn, Facebook Dating, Raya, Hinge —donde, nobleza obliga, se conocieron el alcalde de Nueva York y su esposa, y qué enamorados se los ve—? Es la pregunta de oro en momentos en que la soledad se ha convertido en un problema de salud prioritario que la ONU relaciona con más de 870.000 muertes por año: más de 100 por hora.

El segundo piso del bar, ubicado sobre la transitada avenida Rivera de Montevideo, está cerrado este miércoles para el evento de citas rápidas organizadas por speed match. A través de las redes sociales se anotaron para participar 11 mujeres y 11 hombres de entre 30 y 40 años. Entran con andares inseguros, juguetones, indescifrables. Suben la escalera uno a uno, como en un goteo de grifo, y los recibe la sonrisa ancha de Maximiliano Melián, el organizador, que junto a su novio les entrega una hoja y les adelanta brevemente unas instrucciones que minutos después replicará en alto para todo el grupo.

Cada mesa está identificada con un número impreso en una pequeña placa de plástico en blanco y negro. Cada participante está asignado a una mesa inicial, en la que se sentará para su primera cita rápida. Cada cita rápida durará cinco minutos. Luego sonará una campana —una campana de metal reluciente, como las de los botones de los hoteles de Nueva York que salen en las películas, no una desangelada alarma de celular— y las parejas rotarán de acuerdo a un sistema preestablecido. Son los hombres los que se mueven y no es por machismo, se apura a aclarar Maximiliano, es porque las mujeres en general van más cargadas y así se optimiza el recurso más escaso de la noche: el tiempo.

Cada participante tiene una hoja que le entregó Maximiliano al entrar. En la hoja, una tabla con tres columnas. Después de cada cita, escribirán en una el nombre de la persona que acaban de conocer y responderán una pregunta en apariencia sencilla: “¿Quiere seguir el vínculo?”. “Sí/no, marque con una cruz”.

Un terremoto. La primera declaración de amor de Mr. Darcy en “Orgullo y prejuicio”. El destello de un meteorito. El lanzamiento de una bomba. La canción más versionada de los Beatles. La segunda declaración de amor de Mr. Darcy en “Orgullo y prejuicio”. Cinco minutos son una sucesión de reels que te olvidarás apenas sueltes el celular o pueden cambiar la historia.

Esta noche, cada cita dura cinco minutos que va contando un reloj digital grande puesto en un extremo del salón, sobre una mesa a la vista de todos, para que no haya sospecha de trampas: pasan 300 segundos y suena inexorable el tilín de la campana.

“Si bien tenés los cinco minutos, en el minuto uno ya sabés si te gusta o no. Después obviamente podés ver cómo conversa, cómo se desenvuelve, si hay química, si te hace reír, si te sentís cómoda, y en las redes eso no pasa. El cara a cara tiene eso”, cuenta Lucía, de 32 años, que ha participado en algunas instancias de speed dating y que le reconoce al formato ciertas ventajas frente a las apps de citas. “Al principio obviamente tenés como esos nervios porque no sabés con quién te vas a encontrar. Pero después que entrás en la dinámica es divertido. A veces los cinco minutos se hacen muy eternos, y a veces se pasan volando”.

La primera cita rápida en realidad no es tan rápida, porque los participantes van llegando y ubicándose obedientes en las mesas asignadas, y los cinco minutos no empiezan a correr hasta que estén todos instalados. En la previa hay parejas que ya se prodigan sonrisas en medio de diálogos que no tienen puntos ni comas, y otras que evitan mirarse en medio de un silencio que nos hace sudar las manos a metros de distancia.

La hoja que le entregó Maximiliano a los participantes tiene algunas preguntas disparadoras de las que echar mano en casos desesperados. ¿Prefieres el verano o el invierno? Si pudieras vivir en otro lado, ¿dónde sería? ¿Qué fue lo más peligroso que hiciste? ¿Qué es algo que siempre quisiste aprender?

Team verano. India. Conducir una moto sin licencia. Dibujo. Suficiente como para llenar cinco minutos.

“Te sentás en la primera mesa y estás incómodo, porque no tenés idea de qué le vas a hablar, quién está del otro lado, tenés que hacer una improvisación ahí medio rápida”, cuenta Iñaki, de 40 años, que recuerda al detalle su noche de speed dating. Pasa la segunda mesa, la tercera, la cuarta, la quinta y ahí “ya le agarraste el rodaje”. “Cuando vas a la cuarta o quinta para iniciar la conversación repetís el mismo speech, después obviamente evoluciona en esos cinco minutos, pueden pasar muchas cosas en esos cinco minutos aunque no parezca”.

Para la séptima u octava cita ya estás agotado, recuerda, porque probablemente repetiste alguna versión de la misma información casi hasta el infinito. “Para empezar capaz que (cinco minutos) suena medio poco, pero al mismo tiempo fijate que si te entrevistaste con 10 personas son 50 minutos, es casi una hora que estuviste repitiendo más o menos las mismas palabras e improvisando la conversación. Es mucho y es poco al mismo tiempo”, dice.

Maximiliano Melián es el creador y ejecutor de speed match en Uruguay. Es contador, imposible de adivinar a primera vista. Lo que es más fácil de darse cuenta, y él mismo confirma, es que es claro que es un romántico.

La idea de los encuentros para conocer potenciales parejas es originaria de la comunidad judía, cuenta, y él tomó contacto en Estados Unidos, donde un primo suyo conoció así a la que ahora es su esposa hace más de dos décadas. Con este emprendimiento “encontré mi propósito de decir ‘estoy haciendo algo por el resto’”, cuenta con el murmullo de 10 conversaciones entre extraños de fondo.

Durante años trabajó en la organización de bodas. El mejor momento era siempre el final de la noche, recuerda, cuando los recién casados se iban con la sensación de haber disfrutado el mejor día de sus vidas. Ahora está en el otro extremo de la industria de las relaciones románticas. “Arranqué desde el final para atrás”, bromea.

Ojalá, pienso yo, algunas de estas citas termine en boda. La noche que voy, el ambiente no está muy animado, dice Maximiliano, aunque yo no me doy cuenta. “Es la energía”. Tiene oficio. El barman, que alterna entre cervezas, coca cola y tragos de más arte como daiquiris o caipiriñas, dice que la vez pasada cuando se terminaron las citas algunos ya se quedaron abajo charlando. Parece optimista.

Citas rápidas, clubes de running, Tinder, pádel —los deportistas corren con ventaja en esta era del wellness—, viajes grupales y hasta bingos musicales: las propuestas armadas para promover encuentros cara a cara que puedan terminar en amor o amorío se multiplican en un mundo de a ratos hastiado de las apps de citas que, lo dice la ciencia, nos cansan, nos dan ansiedad, nos deprimen.

La psicóloga colombiana Claudia Domínguez, abocada al trabajo con mujeres y sus trayectorias amorosas, advierte este viraje al encuentro presencial: “En el 2000 entraron las apps de citas y nos prometieron estas opciones infinitas, y la gente ya está muy cansada de analizar perfiles, de la dopamina, del ghosting (…), por eso ahora está volviendo a este speed dating como una forma de volver al contacto”.

Y en un mundo esclavo de la imagen —que encima parece estar abandonando el positividad corporal que durante unos años nos permitió aceptar nuestros cuerpos tal cual eran—, estas citas te enfrentan al diálogo con otros cuyo físico no conoces de antemano.

“Realmente te obliga a hablar con gente y le saca un poco eso de —si bien también está— de Tinder que es una vitrina: me gusta, no me gusta, primero veo las fotos y después veo si me interesa lo que decís. En speed match la parte interesante es justamente esa. Incluso si es una persona con la que decís ‘en la vida me atraería esta persona’ sí o sí tenés que tener esos cinco minutos, te obliga a tener que conocer a la otra persona”, dice Iñaki, que reconoce haber llegado con prejuicios a su noche de citas rápidas.

Él se había instalado apps de citas después de una separación en búsqueda de vínculos más casuales, pero cuando quiso “realmente llegar a conocer a alguien” no le funcionaron, cuenta, e intuyó que el speed dating podía ser una alternativa interesante.

También está el factor autenticidad. “Estamos muy acostumbrados a hablar por el Instagram, o por otro tipo de aplicaciones que ya conocemos, donde primero ves la foto o los perfiles y muchas veces te armás una idea de la persona, generás expectativas que después cuando la conocés realmente capaz que no se cumplen”, dice Lucía. Y agrega una variable aún más importante: la intención compartida. “Me gusta que haya esa intención compartida, que todos van a estar abiertos a conocer gente. La gente que va es porque va a querer conocer gente”.

Las primeras preguntas, cuenta, pueden llegar a ser similares a las que uno haría y respondería por una app. De dónde eres, a qué te dedicas, qué te gusta hacer en tu tiempo libre. “Hay preguntas filtro que está bueno hacerlas y después se habla de lo que surja”, recuerda. Pero la charla puede adentrarse en terrenos más profundos incluso en menos de cinco minutos: a ella, por ejemplo, le preguntaron en una ocasión si quería tener hijos. En trescientos segundos se puede cambiar la historia.

Para Iñaki también hay una cuestión de responsabilidad emocional. Las apps no te exigen “ningún tipo de responsabilidad emocional”, dice, y en realidad las citas rápidas tampoco, pero lo cierto es que te bañaste, te vestiste, te desplazaste hasta el lugar. “Estás de frente, realmente estás invirtiendo tu tiempo”, explica.

Tampoco romantiza todo el proceso: en las redes hay más cantidad de personas disponibles y más diversas, por lo que estrictamente desde el punto de vista de la atracción física le parece que pueden funcionar mejor. “(Pero) siento que para el lado de generar una conexión con la persona me quedaría más con speed match, con ese formato, porque sí o sí tenés que hablar, en las aplicaciones tirás una frase, quedás esperando a ver cómo la interpreta, depende quién esté del otro lado (…) hay un montón de variables que cuando estás cara a cara no estás para perder el tiempo”.

Le cuento a Claudia Domínguez, la psicóloga, que la noche de las citas rápidas los nervios me carcomían por dentro aunque yo solo era una cobarde espectadora desde atrás de una barra ancha donde los tragos seguían circulando.

Resulta que tiene sentido, dice, porque en un speed dating la sensación es “aquí sí me pueden ver de verdad”. No hay filtros para las fotos. No hay opción de editar el mensaje y mucho menos de borrarlo. Y entonces puede que conecte con un miedo que atraviesa a muchas de sus pacientes: el miedo a que no te elijan. “Muchas mujeres con las que trabajo sintieron que tenían que ganarse un lugar, esforzarse para que las quisieran, entonces exponerse cara a cara toca esa herida del rechazo”, dice.

Es posible que esa noche haya algo de miedo circulando entre las mesas. Tal vez no se ve porque las luces bajas cálidas lo disimulan, y no se escucha porque suena más fuerte el coro de conversaciones que empiezan cada cinco minutos con un beso en la mejilla, un apretón de manos o un “hola” discreto sin contacto físico. Lo que sí se ve circulando incluso más que a las bebidas es el coraje.

No es que tenga dudas pero Claudia, que habla de las mujeres porque en ellas ha concentrado su trabajo, me lo confirma: “Son muy valientes las que deciden ir a este tipo de eventos porque básicamente es decir ‘me muestro aunque me da miedo’ porque quiero tener ese objetivo vincular y tengo que pasar la incomodidad”.

Al final de la jornada, Maximiliano se queda con todas las hojas y luego hace de Tinder humano: cruza los “sí” y los “no” de cada participante y, cuando hubo match —uno podrá eludir la app, pero ya no el vocabulario de la app—, comparte los contactos de los dichosos. Lo que suceda a continuación ya no depende de él.

“El instante de la decisión, aquel en el que se asume un riesgo, inaugura otro tiempo”, escribió la filósofa francesa Anne Dufourmantelle en su “Elogio del riesgo”. Su invitación resuena esta noche: “Apostar por lo impensable. Efectuar un salto (…). Desviar la mirada hacia la orilla del tablero, por fin ver lo que pasa en el margen, allí en ese detalle, optar por otro alfabeto, otra historia, otra memoria”.

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