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Por qué la cumbre entre Trump y Xi tendrá dificultades para estar a la altura de su gran despliegue

Análisis por Stephen Collinson, CNN

La fastuosa ceremonia que el presidente Donald Trump está organizando para el líder de China, Xi Jinping, da a entender que se avecina un gran momento global.

En un gesto inusual, Trump viajó este miércoles a la ventosa Base Conjunta Andrews para recibir a Xi al pie de la escalerilla de su avión, donde el mandatario chino llegó para una estancia de dos noches.

Los líderes conversaron, junto con sus esposas, antes de caminar juntos por la alfombra roja. Sin embargo, hubo un pequeño contratiempo cuando un avión que realizaba un sobrevuelo surcó el cielo con un estruendoso rugido durante el himno nacional, lo que provocó que Trump se sobresaltara y frunciera el ceño.

No obstante, la imagen sugiere que dos grandes líderes de las naciones más poderosas del mundo se reúnen para trazar el destino del planeta.

El momento no podría ser más propicio, ya que Estados Unidos y China están explorando una nueva frontera tecnológica en medio de advertencias de los líderes de la industria sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial pronto se descontrole.

Pero la pompa puede engañar. La visita de Estado de Xi no es comparable a las cumbres entre el presidente Ronald Reagan y el líder de la entonces Unión Soviética, Mijail Gorbachov, que encaminaron la Guerra Fría hacia un aterrizaje suave.

Para empezar, se prevé que termine sin un acuerdo para proteger a la humanidad que sea similar a la reducción de armas nucleares de la década de 1980. Cuarenta años después, tales medidas podrían incluir restricciones al desarrollo de la IA o que Estados Unidos y China ofrezcan transparencia mutua sobre sus industrias tecnológicas para fomentar la confianza y la seguridad.

Todavía existe la posibilidad de que la cumbre dé sorpresas, aunque para ello tendría que desafiar los códigos diplomáticos tradicionales de China, que exigen una compleja preparación previa a la reunión para definir los objetivos. En realidad, un resultado positivo se limitaría a una extensión de la tregua comercial bilateral anunciada el miércoles por la noche, nuevos esfuerzos para forjar la estabilidad entre Washington y Beijing e iniciativas menores sobre inteligencia artificial, tráfico de fentanilo, comercio y la prevención de enfrentamientos militares.

Pero, ¿por qué las expectativas son tan bajas, especialmente cuando el resto del mundo observa cómo Estados Unidos y China compiten por el liderazgo en una carrera armamentística en el campo de la inteligencia artificial?

El tema de la IA es especialmente emblemático de la brecha entre los rivales. Cada uno cree poder imponerse y ambos comprenden lo que está en juego en su duelo de superpotencias: “Quien gane en IA, gana”, como dijo Trump. Ambos se resisten a cualquier restricción significativa en un sector vital para impulsar el crecimiento económico. Muchos analistas creen que China se está quedando atrás en la carrera de la IA y no aceptaría ninguna ralentización mutua del sector. Por lo general, considera cualquier intento de limitar su avance tecnológico como parte de una estrategia occidental para privarla del poder global que le corresponde.

La incompatibilidad de personalidades entre el improvisador Trump y el metódico Xi también presagia dificultades para la toma de decisiones espontáneas. Los sistemas políticos de Estados Unidos y China son tan diferentes —y están cada vez más orientados a contrarrestar al otro— que apenas existen puntos en común.

Y ambas partes quieren evitar enfrentamientos violentos, pero carecen de la influencia necesaria para forzar concesiones.

La caída en picado de la popularidad de Trump en medio de la guerra con Irán amenaza con mermar su influencia global. El presidente descubrió el año pasado que las amenazas chinas de recortar las exportaciones de minerales de tierras raras a Estados Unidos podrían frustrar su ofensiva comercial. Y si bien Xi no se preocupa por los votantes descontentos en su patria totalitaria y protege implacablemente su poder interno, se enfrenta a una crisis inmobiliaria y a problemas económicos en su país.

Para ser justos con Trump, la mayoría de las cumbres mundiales no cumplen con las expectativas. Además, las reuniones entre los líderes estadounidenses y chinos se desarrollan en medio de comparaciones poco halagadoras con los trascendentales encuentros de la década de 1970 entre el presidente Richard Nixon y el entonces presidente de China, Mao Zedong.

Sin embargo, Trump suele dar la impresión de estar más interesado en el espectáculo de las cumbres de líderes mundiales que en su contenido, una de las razones por las que las reuniones con Xi esta semana podrían arrojar pocos resultados concretos. Sus encuentros de alto perfil con el líder de Corea del Norte, Kim Jong Un, durante su primer mandato, y el encuentro del año pasado en Alaska con el presidente Vladimir Putin, produjeron poco más que fotografías de Trump con líderes autoritarios a quienes parece admirar.

Lleva meses esperando con ilusión la visita de Xi, y querrá, como mínimo, estar a la altura del simbolismo de la alfombra roja que interpretó como una señal de gran respeto personal cuando viajó a Beijing en mayo.

Trump no es el primer presidente en creer que sus estrechas relaciones personales con líderes extranjeros son decisivas en los asuntos globales. Durante una crisis, tales vínculos podrían ser importantes.

Lyle Goldstein, investigador principal y director del Programa para Asia del centro de estudios Defense Priorities, afirmó que las reuniones fueron “algo positivo” y que la diplomacia personal entre Xi y Trump había contribuido a estabilizar la relación y a reducir las tensiones militares, incluso en lo referente a Taiwán.

Aun así, Trump ha llevado su confianza en su propia indispensabilidad a niveles sin precedentes. Por ejemplo, en los mítines de campaña de 2024, alardeaba con frecuencia de su “excelente relación” con Xi, de una forma que parecía ajena a las principales preocupaciones de los votantes. En Beijing, volvió a elogiar efusivamente dicha relación. “Es un honor ser su amigo”, le dijo Trump a su anfitrión. “Hay quienes dicen que esta es la cumbre más importante de la historia”.

La determinación de Trump de proteger lo que considera sus vínculos personales con los líderes a veces lo lleva a justificarlos. En julio, por ejemplo, declaró a la prensa que “nosotros también les hacemos cosas. No es una relación unilateral” cuando se le preguntó sobre las acusaciones de injerencia china en las elecciones de 2020. Este mes, el presidente también restó importancia a las afirmaciones de que Beijing entregó a Irán imágenes satelitales de una base en Jordania antes de un ataque contra tropas estadounidenses. China negó el informe del Wall Street Journal, que citaba a funcionarios estadounidenses anónimos.

El líder de China rara vez corresponde con afecto personal a Trump, dando todas las señales de estar jugando una larga partida diplomática que perdurará mucho después de que el presidente número 47 haya dejado el cargo. Exfuncionarios han afirmado que Xi está más dispuesto a entablar conversaciones informales en privado que su austero predecesor, Hu Jintao. Sin embargo, aún se ve cohibido por los protocolos del Partido Comunista Chino y las cautelosas costumbres diplomáticas. También ha evitado notablemente la adulación ostentosa que otros líderes emplean para intentar ganarse el favor de Trump.

Algunos republicanos han criticado duramente la estrategia de Trump. En declaraciones extraordinarias el martes, el senador Roger Wicker, presidente de la Comisión de Servicios Armados del Senado, arremetió contra la reunión. “Nuestro comandante en jefe debería tener presente que su invitado es un dictador brutal, no electo y opresor que busca dominar a sus vecinos y cuyo enorme arsenal militar apunta directamente a Estados Unidos de América”, afirmó Wicker.

La cumbre entre Xi y Trump cobró mayor relevancia debido a las recientes advertencias de desarrolladores y líderes de IA de que sus productos pronto podrían descontrolarse y amenazar a la humanidad.

Pero el martes, Trump rebautizó la IA como “superinteligencia” y declaró ante la Asamblea General de las Naciones Unidas que “rechaza categóricamente cualquier intento de construir un plan globalista para controlar” esta tecnología.

Mientras tanto, el rápido aumento del uso de la IA en aplicaciones militares añade otra capa de complejidad, ya que cualquier medida de Beijing o Washington para limitar la tecnología podría otorgar a la superpotencia rival una ventaja potencial en el campo de batalla.

La oposición del presidente a cualquier regulación, tanto a nivel nacional como internacional, ya ha frustrado la posibilidad de un acuerdo importante entre Estados Unidos y China sobre este tema. Si bien China se resiste al control externo, ha mostrado mayor apertura a la creación de salvaguardias institucionales y a un consenso global sobre cómo abordar el desarrollo de la IA, aunque su disposición a ir más allá de la retórica no está clara.

La inteligencia artificial está muy extendida en China. Y su sociedad políticamente cerrada ha hecho que el debate y la reacción en contra de esta tecnología sean mínimos, a diferencia de lo que ocurrió durante la campaña para las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos.

El miércoles, el representante permanente de Beijing ante las Naciones Unidas, Fu Cong, arremetió en una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU contra los responsables de inteligencia artificial de “ciertos países importantes” —en referencia a Estados Unidos— a los que acusó de crear una “pequeña camarilla de nosotros contra ellos” y de obligar a otros países a utilizar su tecnología en lugar de la de China.

Aun así, existe cierto reconocimiento por ambas partes de la preocupación mundial por la IA. El secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, declaró el lunes a CNBC que, antes de la cumbre, Estados Unidos y China estaban debatiendo la posibilidad de establecer un canal de comunicación sobre incidentes relacionados con la IA para ayudar a determinar “cuáles son los principales peligros de la IA”.

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