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¿Cuál es realmente el tamaño de tu país? Lo que creíamos vs. lo que es y el verdadero debate detrás del “nuevo mapa”

Por Ángela Reyes Haczek, CNN Español

“¡Mirá qué chiquito quedó Groenlandia!”, “¿Y Uruguay va a desaparecer del mapa?”, “A ver cuánto mide este, ¿y este?”. En un centro educativo de Montevideo, la capital más austral de América, la noticia llegada desde la Asamblea General de la ONU, celebrada a más de 8.000 km de distancia, desató el descontrol: resulta que el mapa con el que habían crecido no representaba correctamente los tamaños de los territorios y ahora había que compararlo con otro que, decían desde Nueva York, es más justo.

A instancias de un grupo de países africanos, la Asamblea General de la ONU adoptó días atrás por inmensa mayoría —164 votos a favor, uno en contra y seis abstenciones— una resolución para promover el uso de un mapa conocido como Equal Earth que refleja de manera más adecuada el tamaño real de los continentes que la proyección Mercator, la de uso más extendido, bautizada así en honor al cartógrafo que la creó en el siglo XVI como herramienta de navegación.

La resolución, denominada “Corregir el mapa”, dice que promover una representación que respete los tamaños relativos de los continentes es un acto de “justicia cognitiva y reparación de la memoria”. “Un mapa justo no cambia la geografía del mundo, cambia la forma en que vemos el mundo”, argumentó Robert Dussey, ministro de Asuntos Exteriores de Togo.

El llamado a corregir el mapa puede sugerir la existencia de un error en la proyección Mercator o, lo que es peor, que el mapa nos miente. Pero no es así y la propia resolución de la ONU lo reconoce. Lo que existe es una limitación física de la herramienta: ninguna proyección puede reproducir de manera perfecta la superficie curva de la Tierra en un plano de dos dimensiones. Al llevarlo al plano, el geoide se rompe, explica a CNN Español Malena Mazzitelli Mastricchio, doctora en Geografía de la Universidad de Buenos Aires: “Es como si tuvieras una cáscara de naranja y quisieras aplastarla, se parte”.

Cualquier representación de la Tierra tendrá que sacrificar una variable —área, forma, distancia o dirección— para representar el resto de manera adecuada según tu objetivo.

“Hay que elegir qué sacrificar del mapa. Si vos querés navegar, tenés que sacrificar la proporcionalidad de la superficie, o sea los tamaños, y también tenés que sacrificar las distancias. Eso fue lo que hizo Mercator. Creó una proyección conforme, que mantiene ángulos, y que permite la navegación”, dice Mazzitelli. En cambio, “si vos querés mantener la superficie, los tamaños, sacrificás los ángulos y la distancias a favor de mantener las formas de los continentes”, que es lo que hace la proyección Equal Earth que los países de la ONU buscan promover. “Todo mapa es un pacto de ficción con lo que querés representar”.

La proyección de Mercator, tan adecuada como herramienta de navegación que se creó en 1569 y sigue vigente cinco siglos después, sacrificó la precisión en el tamaño de los territorios, haciendo que estos parezcan más grandes cuanto más se alejan de la línea del Ecuador, en aras de ser útil para los navegantes. Como resultado, por ejemplo, Groenlandia se ve similar en tamaño a África cuando el continente africano es unas 14 veces mayor, recuerda la ONU.

La discusión en el seno de la asamblea estuvo enfocada en continentes, no en países. Sin embargo, la pregunta de los niños en la escuela —y de muchos adultos fuera de ella— era inevitable: ¿entonces nuestro país es más chico o más grande de lo que creíamos? Neil Kaye, científico del clima del Servicio Nacional Meteorológico del Reino Unido (Met Office), elaboró años atrás esta animación replicada por la revista Nature que permite comparar el tamaño y la forma de los países en la proyección Mercator con sus dimensiones reales. Allí se visualizan los cambios más sonados en los últimos días, como el de Groenlandia, Rusia y Reino Unido, pero también cambios en nuestro propio continente: Canadá, Estados Unidos, México, Argentina, Chile.

(También hay herramientas que permiten comparar online los tamaños reales de países o regiones entre sí, como The True Size, en la que puedes seleccionar el territorio de tu interés y arrastrarlo por el mapa para ver cómo se compara con otros. En Uruguay, donde repiten hasta el hartazgo que “somos un país chiquito”, nos haría bien probarlo: paseando el mapa por Europa nos daríamos cuenta a simple vista que más chiquitos son Suiza, los Países Bajos, Bélgica, República Checa, Austria y más).

Gerardus Mercator, oriundo de Amberes, ha quedado para algunos en este debate como el villano. Mazzitelli nos hace una invitación: vamos a exorcizarlo a base de información.

Nació en 1512 en el seno de una familia humilde. Para entonces los viajes de Colón habían empezado hacía apenas dos décadas. Faltaban años para que Copérnico nos dijera que la Tierra no era el centro del Universo y décadas para que Galileo nos revelara que además gira alrededor del Sol.

En tiempos de revuelo político y religioso, su tío lo llevó de pupilo a una escuela católica, aunque era protestante, para que pudiera estudiar. “En la época que Mercator estudiaba la observación, la medición y el pensamiento libre eran camino seguro a la herejía”, dice Mazzitelli (años después la Inquisición lo pondría preso).

En una época en la que para los europeos el mundo estaba en expansión, Mercator quería construir una herramienta útil para los navegantes. En 1538 creó una versión del globo terráqueo con toda la información sobre el planeta disponible hasta entonces y que, por primera vez, incorporaba las “líneas loxodrómicas”, que son las “líneas que muestran la dirección que debe tomar el barco para tener un rumbo constante”, explica Mazzitelli.

Sin embargo, el globo no era la herramienta ideal para los marineros. “Era incómodo para navegar tanto por los problemas mecánicos que podía ocasionar su uso constante, como el del tamaño, o muy chico para ver los detalles o muy grande y, por lo tanto, poco práctico para transportarlo. No obstante, el principal problema del globo terráqueo radicaba en que no permite visualizar el mundo de una sola vez como el mapa”, dice Mazzitelli.

Se necesitaba un plano, que llegó en 1569 bajo el título “Una nueva y mejorada descripción de las tierras del mundo corregida y concebida para el uso de los navegantes”. La proyección Mercator, como se la ha conocido durante siglos, fue resultado de un proceso en el que el geógrafo fue plenamente consciente de las deformaciones que suponía llevar la esfera al plano. Y en el que trabajó con la información disponible, que era principalmente información sobre Europa. “¿Por qué acusarlo de ser un mapa eurocéntrico? O mejor dicho, ¿por qué no debería ser un mapa eurocéntrico teniendo en cuenta que Mercator era europeo?”, nos propone preguntar Mazzitelli. “Es sabido que el mundo en el siglo XVI era eurocéntrico, pero sobre todo Mercator era cartógrafo y lo cierto es que él tenía más información sobre Europa que las tierras recientemente ‘descubiertas’ por lo cual el tamaño más grande de su continente le venía muy cómodo para volcar la información”. Mercator, cuya representación de la Tierra salvó del naufragio a generaciones de navegantes, murió sin haber salido de Amberes.

La interpretación de los mapas como objeto de poder está instalada hace décadas. Allí apuntaba Dussey, el canciller de Togo que defendió ante la ONU la resolución, cuando decía que “los mapas moldean nuestra comprensión del mundo”. “Guían la educación, alimentan la imaginación e influyen en las percepciones colectivas”, asegura.

La cuestión, en palabras de Mazzitelli, es si interpretamos estas imágenes como “reflejos de las sociedades” o como “ventanas para ver el mundo”.

La cartografía actual, explica, apunta a que los mapas “crean mundos” y que hay que analizar su poder en el contexto cultural. “Las imágenes no tienen una potencia per se, sino que circulan en culturas determinadas”, dice, por lo que lo que debemos preguntarnos es “cómo nosotros vemos estas imágenes y qué valor le otorgamos”.

Y puestos a preguntarnos, también nos podríamos preguntar, dice la académica, ¿es tan importante realmente el tamaño de los continentes? El uso de una nueva cartografía, “¿va a corregir o cambiar las geometrías de poder que producen un mundo desigual?”.

“Las desigualdades regionales no son producto del Mercator sino del sistema capitalista que el Mercator por ahí representó. ¿Cómo hacemos para modificar las relaciones de poder que crean las desigualdades?”, se preguntó.

En Montevideo, mientras tanto, a pocos km de donde los niños miden los mapas está resguardado uno de nuestros grandes tesoros artísticos nacionales: un dibujo que hizo el pintor Joaquín Torres García en 1943, cuando ya estaba de vuelta en Uruguay después de haber pasado un tiempo en Estados Unidos, en el que proponía invertir el mapa de América para que “nuestro norte sea el sur”.

Los mundos posibles son infinitos.

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