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La pasión los une y estas rivalidades los dividen: así moviliza el fútbol a decenas de países de América Latina

Por Gonzalo Zegarra, CNN en Español

Varios juegan el partido con las camisetas de sus selecciones, pero los que no también son fáciles de identificar en el partido amistoso. Suelen ser mucho más efusivos que los estadounidenses. Se gritan los goles y se reclaman las entradas fuertes con la impronta latina.

El juego puede ser una postal común en Florida o Texas, pero transcurre en Oxford, Ohio, una pequeña localidad que no tiene la cantidad de restaurantes de Miami o los barrios instalados de Nueva Jersey. La comunidad inmigrante se arma en torno a un balón y los partidos se juegan en español. En una época atravesada por divisiones, y con exaltaciones nacionalistas que afloran en cada Mundial, el fútbol es todavía un código compartido para América Latina y un espacio de encuentro que puede borrar fronteras cuando el hemisferio atraviesa una fuerte fragmentación política.

“El fútbol es algo que une al continente”, dijo a CNN el antropólogo Roger Magazine, director del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana (México). El investigador, que ha estudiado el fenómeno del deporte en la cultura, considera que sí existe una identidad latina en torno al fútbol, más allá de que haya algunos pocos países donde no sea el juego más popular.

Con algunos matices y formas de expresión, “la mayoría de países de Latinoamérica sí tienen esta pasión por el fútbol”, dijo a CNN la socióloga María Graciela Rodríguez, docente de la Universidad de Buenos Aires. “Hay algo allí de lo pasional que junta muchas cosas, satisfacciones, mucha ‘perfo’ (puesta en escena), de estar en la calle, de saltar, abrazarse con otro, que es difícil de explicar racionalmente”, añadió.

Como deporte hiperglobalizado, esa pasión puede encontrarse en otras partes del mundo, por lo que no es del todo una excepcionalidad. Sin embargo, desde la identidad territorial (desde lo barrial a lo nacional), el sentimiento de pertenencia y los mandatos familiares marcan una transversalidad del alcance del fenómeno. Puede ser uno de los factores que lleve a los países de Sudamérica, y menor medida a Centroamérica y México, a una anomalía estadística: rinden futbolísticamente mucho más de lo que su economía “debería” prever, según un análisis del sociólogo económico Daniel Schteingart.

El estribillo “es un sentimiento, no puedo parar” fue adoptado por fanáticos en cada país, una promesa de aliento incondicional a sus equipos, aunque eso incluya someterse al sufrimiento, con rituales que se repiten en las hinchadas de diferentes latitudes del continente, incluidos algunos hechos de violencia. El soundtrack de fondo, además de los bombos y las canciones, son los relatores eufóricos que exaltan cada jugada y contrastan con la parsimonia de los narradores de otras regiones.

Que haya tradiciones compartidas y algunos grados de afinidad y solidaridad entre los aficionados latinos no implica que sea todo unión.

“El fútbol une, pero también divide. No hay una selección latinoamericana”, indicó Magazine. En el caso de México, dijo que “apoyar a Brasil ha sido una tradición, pero otros estaban felices con el último Mundial (2022), que lo gane un país de América Latina (Argentina)”, aunque recordó que muchos mexicanos apoyaron a Alemania frente a la Albiceleste en la final de 1986.

Naturalmente, con tantos partidos disputados, hay más clásicos regionales que rivalidades con países de otros continentes. “Nuestros enemigos o contrincantes (para Argentina) son los que están más cerca, con Brasil, Uruguay, Chile, vecinos que tuvieron algún triunfo, Brasil especialmente. Las identidades son más fuertes confrontativamente con los vecinos. Cuanto más cerca estás, más quieres diferenciarte”, dijo Rodríguez.

“El fútbol es un lenguaje común, pero tiene que ver con esta zona de conflicto simbólico, en términos de confrontación. El idioma se mantiene, pero no siempre vamos a querer que gane Brasil si nosotros quedamos afuera. Es un lenguaje común, pero puesto para discutir”, añadió.

En la región más católica a nivel global, el deporte y la religión se intersecan. Francisco, el primer papa nacido en la región, era un ferviente futbolero. Su sucesor, León XIV, jugaba fútbol americano en Estados Unidos y es fanático del tenis, pero durante sus años en Perú adoptó el gusto por el balompié. “Con los seminaristas cuando estuve en Trujillo jugaba fútbol. Defensa, si quieren saber: no era gran goleador”, comentó hace unos días. El paso por América Latina tiene como ritual inevitable la pelota y el arco como acto social.

Casualidad o no, tanto Diego Maradona como Pelé subieron al olimpo en el Estadio Azteca. Tratados como Dios y Rey respectivamente en sus países, otras figuras no tan globales también son fuertemente idolatradas a nivel local. Obdulio Varela es un prócer fundacional en Uruguay; Jorge “Mágico” González es una leyenda popular salvadoreña que prefirió su estilo de vida antes que la gloria profesional; Lolo Fernández es para muchos una figura de culto en Perú, con una peregrinación anual a su lugar de nacimiento.

Rodríguez destaca que el fútbol, como la música, “es interclasista, convoca a todas las clases sociales”, y añadió que en las últimas décadas pasó de ser “un fenómeno muy masculino” a volverse “intergénero”.

Al respecto, la antropóloga argentina Verónica Moreira, investigadora del Conicet, indicó que las mujeres siempre han tenido roles como aficionadas y jugadoras, y últimamente también como periodistas deportivas o dirigentes, y la creciente presencia “amplía el horizonte de lo que es la cultura futbolística”, en una región atravesada por el machismo. “Lo complejiza y también tensiona los mandatos muy conservadores que tiene el fútbol. Lleva a discutir un montón de violencias estructurales que tiene el fútbol”, añadió.

Moreira, que pone en duda que haya una hermandad, dijo que una posible identidad latinoamericana se construye según cada escenario. “Cuando se van acercando los partidos de eliminatoria (a partir de dieciseisavos de final), muchos latinoamericanos queremos que ganen países del continente contra algún europeo, los países poderosos. Puede ser que allí se genere una latinoamericanidad”, consideró.

“Las identidades se constituyen contextualmente, situacionalmente. No son estáticas, son elaboraciones, construcciones, va a depender mucho del contexto. Tal vez se arme algo así, de lo latinoamericano, cuando algún equipo de la región tenga que enfrentar a un poderoso”.

Como en tantos ámbitos, México está condicionado por compartir más de 3.000 kilómetros de frontera con EE.UU. y su hegemonía cultural. Pero aunque haya una fuerte influencia, los lazos son más fuertes hacia América Latina.

“En sentidos culturales y sociales, México se ve hacia el sur. En el fútbol hay un poco de división por la manera en que la FIFA tiene organizada la Conmebol y la Concacaf, pero en general desde México se siente como parte de América Latina. Con los cambios recientes de Trump con los que ha tratado de distanciar la relación, pues hemos ido más en esta dirección”, consideró Magazine.

El investigador añadió que desde las tribunas también se ha tratado de mirar más a la región, hasta en los estilos para apoyar a sus equipos. “Por mucho tiempo el modelo del grupo organizado de aficionados, en vez de ser la barra, era lo llamado una porra, que venía de un modelo del fútbol americano universitario. En los últimos 30 años se ha adoptado el estilo sudamericano. Ahora hay porras y barras, se distinguen. Cada uno dice que son los verdaderos aficionados”, sostuvo.

En ese punto, la barra argentina ha sido una referencia para varios países. Con la excepcionalidad de tener a Maradona y a Lionel Messi en sus banderas, el hincha es reconocido por su intensidad, y ya hubo algunos incidentes de violencia en Nueva York. “Por su presencia, sus canciones, ese despliegue de cuerpo y estética, es admirado y odiado al mismo tiempo, hay muchas razones lógicas”, dijo Moreira.

En otro plano, México también ha copiado modelos de los torneos estadounidenses, como la organización de los clubes que ahora son parte de corporaciones o la controversial eliminación del ascenso y descenso en la Liga MX.

“A nivel de selección, la rivalidad principal (de México) es con Estados Unidos”, dijo Magazine. “Cuando se pierde, es una tragedia nacional. México preferiría tener como rivales a los equipos grandes de Sudamérica, incluso ello podría aumentar el nivel (de competitividad)”, agregó. Además, afirmó que mientras en EE.UU. “no se distingue muy bien a los países”, en México “hay bastante conciencia de la diferencia cultural del cono sur, el Caribe, la zona andina”.

El partido que se organiza entre estudiantes y profesores en Oxford, Ohio, es una muestra del tejido que se arma en muchas comunidades de inmigrantes. Como la música o la comida, es una conexión directa con las raíces barriales.

Es un evento social, según describe Jorge, un argentino que vive hace unos años en la localidad, en los que, según asegura, nunca vio una camiseta de la selección estadounidense. “En un momento, uno tuvo un susto con el corazón, y todos fueron a verlo y le juntaron plata para una gift card o algo, y eso que creo que la mayoría solo nos veíamos en fútbol”, detalló.

Más al norte, en Toronto (Canadá), los latinos también son fáciles de identificar en las ligas amateur, aunque no sean el grupo demográfico más grande. “Ves equipos que se inscriben y en su mayoría son de una misma nacionalidad. Algunos son más agresivos, gritamos más”, contó Miguel, un inmigrante peruano que lleva casi 10 años en la ciudad. “Se ve mucho esa diferencia en la mentalidad, son más competitivos, por más que sea un juego recreativo. Muchas veces ganan y no porque sean mejores, son más pasionales. Los equipos de africanos también, pero no tanto. El canadiense es más tranquilo”, describió.

El sentimiento del fútbol como “propio” también aflora cuando aficionados ven amenazada la propia naturaleza del fútbol. “Nos quitaron lo único que nos quedaba a nosotros”, dice un mensaje viralizado en X, dirigido a “los gringos” y la FIFA, en medio de las críticas por la “pausa de hidratación” aprovechada para una tanda publicitaria.

“Es un signo importante que Estados Unidos quiera hacer el Mundial, en el sentido de que se quiere apropiar de algo que se entiende como una pasión, pero sobre todo como un negocio”, dijo Rodríguez.

Sobre el contexto, Magazine comentó: “Algo que une a los latinoamericanos en Estados Unidos es justo las políticas que está ejerciendo el Gobierno de (Donald) Trump, de estar todos en esta misma situación, en riesgo de deportaciones”.

Recientes elecciones presidenciales mostraron profundas divisiones en algunos países, con la polarización que lleva en algunos a fracturar en dos a los países. Las grietas parecen desaparecer con el calor del fútbol y las multitudes alentando sin colores políticos, pero es un efecto pasajero, consideró Moreira.

“(El fútbol) no tiene esa capacidad. Hermanándonos momentáneamente durante el partido, un festejo, pero después la gente sigue teniendo sus obligaciones y pesares. Si se suspende es por unas horas, después volvemos a nuestra estructura de debates y polarización. Es la vida real”, dijo la investigadora. “Si bien el Mundial llama la atención, se paraliza todo, está atravesado por nuestra propia vida cotidiana, no dejamos de hacer lo que tenemos que hacer, estudiar, trabajar. Nos unimos en el festejo, hay una dimensión que lleva a la unión”, agregó.

El símbolo patrio no queda excluido de la división partidaria. En Brasil, el bolsonarismo logró apropiarse de la camiseta de la selección como símbolo político, y en Colombia el también ultraderechista Abelardo de la Espriella avanzó en esa dirección.

De las fronteras para afuera, Moreira detecta en el Mundial “una explosión de identidades nacionales bien marcadas”, desde las hinchadas hasta las publicidades de cada país, que también atentan contra una posible confraternidad.

En la calle y la tribuna, como parte del despliegue y defensa de sus colores, aficionados mexicanos, argentinos o colombianos pueden tener escenas de tensión y recordar enfrentamientos previos. Pero sentados en un bar de Kansas o Boston, es más posible que terminen compartiendo códigos futboleros, historias de viajes y hasta las mismas preocupaciones ante políticas migratorias.

El torneo más importante no escapa de la geopolítica y, aunque la FIFA asegure que intenta unir a la comunidad internacional, también es un espejo de la realidad. “El Mundial refleja un mundo en conflicto y las tensiones. Vemos los problemas internos de México y Estados Unidos, pero también tensiones internacionales, la cuestión de la migración, a Irán jugando en EE.UU. en medio de una guerra”, dijo Magazine.

Si bien la globalización borra muchas de las diferencias culturales, tampoco llega a establecer cómo la gente lleva su pasión. Mientras Trump intenta imponer su visión política en América Latina, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, por ahora no logra dictar cómo América Latina vive el fútbol, si es que acaso lo está intentando.

“El capitalismo siempre va a avanzar sobre los espacios que rinden ganancias”, dijo Moreira.

Sin embargo, hay una resistencia a la mercantilización de la pasión. En los estadios, el público abuchea cada vez que el árbitro ordena la pausa de hidratación. Por fuera, el público busca la forma de vivir el evento sin afrontar los altos precios de los productos autorizados y las transmisiones oficiales, algo que también sucede en las ligas locales.

La conversión de los equipos a sociedades anónimas que mencionó Magazine en México también se ha concretado en países como Brasil o Chile, pero la reforma no prosperó en Argentina. Para Moreira, la defensa de los clubes como asociaciones sin fines de lucro “es clave para pensar en la resistencia de los sectores de base”.

En tanto, aunque la globalización avance hacia una homogenización, la FIFA también destaca y exprime las diferencias culturales que quedan, mostrando la diversidad que es parte del producto que vende. Bajo ese marco, la identidad del fútbol en América Latina puede ir mutando, pero no desapareciendo. Rodríguez comentó: “El negocio no va a permitir que se acabe este idioma futbolístico”.

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