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Cada cuatro años, Brasil se hace estas dos preguntas. La respuesta a una de ellas puede convertir al país en una fiesta

Análisis por Iuri Pitta, CNN en Español

Cada cuatro años desde 1994, Brasil se hace las mismas dos preguntas: “¿Vamos a ganar la Copa Mundial?” y “¿A quién vamos a elegir presidente?”.

Las expectativas por ver rodar el balón en los campos de Canadá, Estados Unidos y México, a partir de esta semana, y por ver a casi 160 millones de brasileños acudir a las urnas el 4 de octubre, son igualmente grandes y no es raro que resulten en una tercera pregunta, que conviene a la inauguración de esta columna: ¿el fútbol entra en juego en la política?

La tentación de decir que sí ya es grande. En Brasil, como en otros países de nuestra región, el fútbol es más que un deporte. Es pasión, identidad, un lenguaje que une a diferentes en un mismo grito de gol o lamento por una derrota.

Es verdad que la afición ya se ha entusiasmado más con la selección canarinha, como llamamos al equipo de la famosa camiseta amarilla. Pero cada vez que Brasil debuta en la Copa, el escepticismo da lugar a la emoción y a la creencia de que, como decía la canción del primer título, en 1958, “con brasileño, no hay quien pueda”. Los políticos, claro, intentan aprovechar ese ambiente a su favor.

Ya es así en 2026, aunque la campaña oficial solo comience en agosto, cuando ya sabremos si Brasil puso fin o no al ayuno de 24 años desde el pentacampeonato.

Días atrás, el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva (PT), dijo que sus partidarios deberían usar verde y amarillo durante la Copa para no dejar que los colores de Brasil fueran “tomados por ningún fascista”.

Antes, justo después de que el técnico Carlo Ancelotti anunciara la lista de convocados para la Copa con Neymar, el principal nombre de la oposición, Flávio Bolsonaro (PL), hijo del expresidente Jair Bolsonaro, publicó una foto junto al delantero y la frase: “¡Ahora viene el hexa!”.

En la historia de Brasil, no han faltado presidentes —tanto en períodos democráticos como en dictaduras— que intentaron aprovechar el prestigio de los equipos campeones para aumentar su propia popularidad.

Pero la misma historia, la ciencia política y la estadística enseñan a ir con cautela en esa relación entre el voto y el balón.

En 1958, el primer título y el surgimiento de Pelé, Garrincha y compañía coincidieron con la euforia de los “50 años en 5” del gobierno de Juscelino Kubitschek, el surgimiento de la bossa nova y la construcción de Brasilia. Cuatro años después, João Goulart sería el primer presidente en recibir a los jugadores, ahora bicampeones, en la nueva capital.

Si al fútbol le iba bien, lo mismo no ocurría en la política: el candidato que Juscelino apoyó perdió la elección ante Jânio Quadros, quien renunció tras menos de un año; y João Goulart fue depuesto por los militares en 1964.

La selección encantaría al mundo en México, en 1970, al conquistar el inédito tricampeonato y posaría para fotos junto al entonces presidente, Emílio Médici. La alegría en el deporte contrastaba con la sombra del período de mayor represión de la dictadura.

Con el tricampeonato, Brasil se quedaba definitivamente con la Jules Rimet, y pasaría 24 años sin ser campeón de nuevo. Fuera del campo, el país sufría con la alta inflación, la incertidumbre política y la creciente criminalidad en las grandes ciudades.

En una de esas jugadas en que el fútbol parece una metáfora de la vida del país, la copa fue robada en 1983 en Río de Janeiro y nunca más fue encontrada —hecha de oro macizo, habría sido derretida por los ladrones.

Solo en la década siguiente, fútbol, política y economía parecían caminar en una misma dirección, aunque la selección solo aseguró el cupo para la Copa en Estados Unidos en la última jornada de las eliminatorias —una victoria sobre Uruguay con dos goles de Romário, quien cambió los campos por el despacho de senador.

En 1994, el gobierno logró lo que parecía tan improbable como una Copa sin Brasil: controlar la hiperinflación y crear una nueva moneda, el Real. Fue el dinero en el bolsillo, más que el tetracampeonato ganado en los penales contra Italia, lo que llevó al ministro de Hacienda, Fernando Henrique Cardoso, a ser elegido presidente.

Fernando Henrique recibiría en el Palacio del Planalto, en 2002, al equipo de Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho Gaúcho nuevamente con la copa en las manos —ahora con una victoria de 2 a 0 sobre Alemania, que se vengaría años después de esa derrota—. Pero meses después entregaría la banda presidencial al adversario Lula, en la primera de las tres elecciones ganadas por el petista.

Pensar en la correlación entre deporte y política no despierta curiosidad solo en los aficionados al fútbol. Un estudio de 2010 publicado en Estados Unidos cruzó los resultados de elecciones entre 1964 y 2008 con los de partidos de fútbol americano universitario. Los investigadores argumentan que una victoria del equipo local en los 10 días anteriores a la votación aumenta en 1,6 puntos porcentuales el voto al candidato que busca la reelección como senador, gobernador o presidente.

Sin embargo, cinco años después, otros investigadores reexaminaron los datos y afirmaron que se trataría de una coincidencia estadística, y no de una relación de causa y efecto. Hubo réplica, y los autores mantuvieron la versión del estudio original.

Sea como sea, es un hecho que el fútbol y la Copa frecuentemente se convierten en tema político. Cuando las calles brasileñas fueron ocupadas en 2013, las protestas comenzaron contra el aumento de las tarifas del transporte público, pero pronto aparecieron carteles contra la corrupción, los gastos excesivos en estadios y las obras públicas inconclusas para realizar la Copa de 2014 en Brasil.

La popularidad de la entonces presidenta Dilma Rousseff se desplomó y casi puso en riesgo la reelección —Dilma ganó por la menor diferencia de votos hasta entonces—. Y el mal humor de la sociedad con los malos servicios públicos ganaría un apodo: “cada día es un 7 a 1”, en referencia a la goleada de Alemania sobre Brasil en la semifinal de esa Copa.

En la victoria o en la derrota, no se puede disociar el fútbol de la política en Brasil. La Copa logra unir temporalmente a una sociedad que seguirá dividida a la hora de elegir al próximo presidente. En este Mundial, tendremos un hecho inédito: es la primera vez que el equipo disputará el título bajo el mando de un técnico no brasileño.

Por coincidencia, también las elecciones sentirán la influencia de las acciones de un liderazgo extranjero. Al considerar nuevas tarifas comerciales para Brasil y clasificar a facciones criminales del país como terroristas, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, también se convirtió en tema del debate electoral aquí. Pero eso es asunto para la próxima semana.

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